viernes, diciembre 19, 2014

Un pedigrí

El italiano Claudio Magris, en sus palabras de recepción del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, expuso ante los presentes en el auditorio «Juan Rulfo» las razones por las que un novelista se deja seducir por la escritura.
«¿Por qué se escribe? Por tantas razones: por amor, por miedo, como protesta, para distraerse ante la imposibilidad de vivir, para exorcizar un vacío, para buscarle un sentido a la vida. A veces para establecer un orden, otras para deshacer un orden preestablecido; para defender a alguien, para agredir a alguien. Para luchar contra el olvido, con el deseo —tal vez patético pero grande y apasionado— de proteger, de salvar las cosas y sobre todo los rostros amados, de la abrasión del tiempo, de la muerte. Escribir es también un intento de construir un Arca de Noé para salvar todo lo que amamos, para salvar —deseo vano e imposible, quijotesco pero inextirpable— cada vida», confiesa Magris en su discurso.
Con esta reflexión como fondo, podemos aventurar que entre todos los escritos firmados por Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945), el más reciente ganador del Premio Nobel de Literatura, sólo hay uno donde los lectores pueden subirse como polizones al arca diseñada durante tanto años por el afamado novelista francés; un único texto donde pueden recorrerse los pasillos interiores de la embarcación y posar la mirada en los seres fantasmales acomodados en los espacios más precarios.
En Un pedigrí (Anagrama, 2007) Patrick Modiano cumple con justicia las exigencias planteadas a los autores de obras de carácter autobiográfico. El narrador se detiene tanto en los momentos de fugaz felicidad como en los instantes de miseria; aquellos que, a pesar de su finitud, son sentidos como eternos. Los párrafos se suceden para arrojar luz sobre el origen y las oscuras circunstancias que lo hicieron posible. Todo ello potenciado con los rasgos más prominentes del estilo Modiano: tendencia al relato directo, adopción de un tono impasible —a ratos distante—,  sobriedad en el uso de los recursos estéticos, rigor obsesivo por la ubicación exacta de las calles donde suceden las acciones y, por último, esmero en la recreación del espíritu de la época (los tiempos decadentes de la ocupación de Francia por los nazis).
Puestos a testimoniar la limpia ejecución del quehacer literario, un solo factor arruina la catalogación de Un pedigrí como una solvente novela corta: en sus páginas no se suspende el juicio moral. Patrick Modiano no se abstiene de sentenciar quiénes son los buenos y quiénes son los malos, quienes se alegraban por su compañía y quienes se afanaban en mantenerlo alejado de París.
«Vacaciones de Todos los Santos de 1961. La calle Royale de Annecy bajo la lluvia y la nieve derretida. En el escaparate de la librería la novela de Moravia El tedio con aquella faja: “Y su diversión: el erotismo”. Durante estas vacaciones grises de Todos los Santos leo Crimen y castigo y eso es lo único que me reconforta. Cojo la sarna y voy a ver a una doctora cuyo nombre he encontrado en la guía de teléfonos de Annecy. El estado de debilidad en que me hallo parece asombrarla. Me pregunta: “¿Tiene usted padres?”. Ante esa solicitud y esa ternura maternal tengo que contenerme para no echarme a llorar», evoca la voz autobiográfica de Un pedigrí.
En la Francia de la ocupación nazi dos almas con sueños de grandeza se conocen y se casan. Ella, una actriz de medio pelo («una chica bonita de corazón seco»), nacida en Bélgica, que jamás conseguirá un papel de importancia. Él, un sujeto enigmático, de origen judío, dado a mantener amistades extrañas e incursionar en el mercado negro con negocios de suerte varia («mis pobres padres, que no me aportaban el menor apoyo moral y me ponían entre la espada y la pared»). Se mudan al sexto distrito de París, en el Muelle de Ponti, donde ocupan dos habitaciones de un viejo edificio. Tienen dos hijos: Patrick y su hermano Rudy Modiano, quien fallece en 1957.
«Dejando aparte a mi hermano Rudy y su muerte, creo que nada de cuanto cuente aquí me afecta muy hondo. Escribo estas páginas como se levanta acta o como se redacta un currículum vitae, a título documental y, seguramente, para liquidar de una vez una vida que no era la mía. Sólo es una simple y fina capa de hechos y gestos.  No tengo nada que confesar y no siento afición alguna por la introspección ni por los exámenes de conciencia. Antes bien, cuanto más oscuras y misteriosas seguían siendo las cosas, más me interesaban. E intentaba incluso hallarle un misterio a aquello que no tenía ninguno. Los acontecimientos que rememoraré hasta mis veintiún años los he vivido en proyección trasera, ese procedimiento que consiste en hacer que vayan pasando en segundo plano paisajes mientras los actores se quedan quietos en el plató del estudio. Querría describir esa impresión que otros muchos sintieron antes que yo: todo desfilaba en proyección trasera y no podía aún vivir mi vida», escribe Modiano.
El joven Patrick estudia la primaria y parte de la secundaria en el colegio de orientación militar Le Montcel. Lo hace bajo la modalidad de internado. Allí conoce el rigor de la disciplina marcial: toque de diana al amanecer, enseñanza del orden cerrado, inspecciones nocturnas en la cuadra e imposición arbitraria de sanciones. En 1960 se escapa de la institución para buscar una chica de la que está enamorado: Kiki Daragane. La encuentra en un café de la calle Bonaparte. En lugar de un beso, recibe un consejo: devuélvete. Al llegar a Le Montcel el director le abre la puerta, pero lo expulsa al finalizar el año lectivo. Entonces, el padre lo mantiene alejado de París y lo interna en el colegio Saint-Joseph de Thônes, en la Alta Saboya. 
Patrick abomina la disciplina por sus resonancias castrenses; circunstancia que explica como meses después de aprobar la secundaria, y a pesar de una temprana pasión por la lectura (Verne, Dumas, Peyré, Conan Doyle, Lagerlöf, Stevenson, London, Twain, Kafka, Hemingway, Pavese, Dostoievski), decide abandonar el internado del liceo Henri-IV, donde estudiaba el curso preuniversitario de letras.
«En los meses siguientes, mi padre tiene que resignarse a que yo deje definitivamente los dormitorios de internado en los que ando metido desde los once años. Queda conmigo en cafés. Y rumia los agravios que tiene contra mi madre y contra mí. No consigo crear una intimidad entre nosotros. En todas esas ocasiones, no me queda más remedio que mendigarle un billete de cincuenta francos, que acaba por darme de muy mala gana y que le llevo a mi madre. A veces llego sin nada y mi madre monta en cólera. No tardé en esforzarme —alrededor de los dieciocho años y en los años siguientes— por traerle por mis propios medios esos malditos billetes de cincuenta francos,  que llevan la efigie de Jean Racine, pero sin conseguir desactivar esa agresividad y esa falta de benignidad que me había mostrado siempre. Nunca pude hacerle confidencias ni pedirle ayuda alguna. A veces, como un perro sin pedigrí y muy dejado de la mano de Dios, siento la tentación de escribir negro sobre blanco y con todo detalle cuanto me hizo padecer con su dureza y su inconsecuencia. Me callo. Y se lo perdono. Todo queda tan lejos ya…», anota Modiano.
La angustia por el vencimiento del alquiler no cesa. El joven Patrick roba libros en bibliotecas y en casas de particulares. Los vende, ayuda con los gastos y se guarda una calderilla para sentarse en cualquiera de los cafés de Montmartre. Lo incierto de su futuro despierta la preocupación del padre.
En una carta fechada el 3 de agosto de 1966 el enigmático Albert Modiano, padre del futuro nobel, escribe: «Querido Patrick: en caso de que decidieses hacer lo que te parezca y no atender mis decisiones, la situación sería la siguiente: tienes 21 años y, por lo tanto, eres mayor de edad. No soy ya responsable de ti. En consecuencia, no podrás esperar de mí ayuda alguna ni apoyo de ninguna clase, ni en lo material ni en lo espiritual. Las decisiones  que he tomado en lo que a ti se refiere son sencillas. Las aceptas o no las aceptas. No hay discusión posible. Renuncias a la prórroga antes del 10 de agosto para incorporarte al ejército el próximo mes de noviembre. Habíamos quedado en ir el miércoles por la mañana al cuartel de Reuilly para que renunciaras a la prórroga. Teníamos que encontrarnos allí a las doce y media. Te esperé hasta la una y cuarto y, siguiendo con tu habitual comportamiento de muchacho hipócrita y mal educado, no viniste a la cita y ni siquiera te tomaste la molestia de llamar por teléfono para disculparte. Puedo decirte que es la última vez que vas a tener la oportunidad de mostrarte así de cobarde conmigo. Así que puedes elegir entre vivir como quieras y renunciar por completo y de forma definitiva a mi apoyo o atenerte a mis decisiones. Tú decides. Puedo asegurarte, con total certidumbre, que, elijas lo que elijas, la vida te enseñará una vez más cuánta razón tenía tu padre».

Un mes antes de esta oscura profecía, Patrick Modiano había comenzado, en una terraza de un café en Lyon, la redacción de su primera novela.

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jueves, diciembre 18, 2014

El Ruletista

Un hombre envejecido se anima a dejar por escrito las páginas con las que aspira derrotar al olvido. En ellas revive la historia de un antihéroe surrealista quien, acosado y estimulado por un instinto autodestructivo, se empeña en alcanzar la ejecución perfecta de un juego clandestino: la ruleta rusa, competencia siniestra donde la muerte («gemelo negro que nace con nosotros») participa siempre como contendor solitario.
El relato comienza con el recuerdo de un amigo de la juventud. Un sujeto con brotes psicopáticos, de terrible suerte en los juegos de azar, propenso al delito y la violencia sexual, que luego de unos años de encierro carcelario reaparece convertido en un menesteroso que deambula por bares y tugurios.
«No tenía trabajo y los únicos lugares donde podías estar seguro de encontrarlo eran algunas tascas de mala muerte donde creo que, además, también dormía. Lo veías pasear de mesa en mesa, vestido con ese estilo inconfundible de los borrachos (Una chaqueta sobre la piel y el dobladillo de los pantalones barriendo la acera), pedir que lo invitaran a una jarra de cerveza. Asistí muchas veces a aquella farsa siniestra, para mí dolorosa pero al mismo tiempo divertida, a que lo sometían de vez en cuando algunos parroquianos de la taberna: le hacían venir a su mesa y le decían que conseguiría la cerveza si sacaba el palillo más largo de las dos cerillas que tenían en el puño. Y se morían de risa cuando sacaba siempre el palillo más corto. Nunca —estoy completamente seguro— se “ganó” una cerveza de esta forma», evoca el narrador de El Ruletista (Impedimenta, 2010), extraordinario texto del escritor rumano Mircea Cartarescu.
El recuento de las anécdotas del amigo caído en desgracia abre paso a la recreación de una visita inesperada a los bajos fondos de la ciudad. Un recorrido por las zonas de tolerancia resguardadas en apariencia por una policía acaso más atenta a la buena marcha de los negocios de las mafias. El paseo termina en un sótano con olor a cerveza vieja y gato muerto, donde una persona anota en un pizarrón la jugada de los apostadores. El invitado tarda unos minutos en comprender la atracción de la noche…
«La ruleta posee, en principio, la simplicidad geométrica y la fuerza de una telaraña: un Ruletista, un patrón y unos accionistas son los personajes del drama. Los papeles secundarios se los reparten el dueño de la cava, el policía que está de ronda por los alrededores, los mozos contratados para deshacerse de los cadáveres. Las sumas relativamente insignificantes que la ruleta les aportaba, eran, para ellos, verdaderas fortunas. El Ruletista es, por supuesto, la estrella de la ruleta y la razón de su existencia. Por regla general, los Ruletistas eran reclutados de entre las hordas de infelices necesitados de pan como perros vagabundos, de borrachos o de presidiarios recién liberados. Cualquiera, con tal de estar vivo y de poner su corazón a prueba a cambio de mucho, muchísimo dinero (pero, ¿qué quiere decir dinero en estas circunstancias?), podía llegar a ser Ruletista. Era asimismo deseable que no tuviera, a ser posible, ningún tipo de vínculo social: familia, trabajo, amigos. El Ruletista tiene cinco posibilidades entre seis de escapar con vida. Recibe habitualmente el diez por ciento de la ganancia del patrón. Este debe disponer de unos fondos sustanciosos porque, en caso de que el Ruletista muera, tiene que pagar las apuestas de todos los accionistas que han apostado en su contra. Los accionistas, por su parte, tienen una posibilidad entre seis de ganar pero, si el Ruletista muere, pueden reclamar su apuesta multiplicada por diez, o incluso por veinte, según el acuerdo establecido previamente con el patrón. Sin embargo, el Ruletista sólo tenía cinco posibilidades entre seis de salvarse en la primera partida. Según el cálculo de las probabilidades, si volvía llevarse la pistola a la sien, sus posibilidades disminuían. En el sexto intento, esas posibilidades se reducían a cero. De hecho, hasta que mi amigo entró en el mundo de la ruleta, en el que llegaría a convertirse en el Ruletista con mayúscula, no se conocían casos de supervivencia ni siquiera tras cuatro intentos. La mayoría de los Ruletistas lo era, por supuesto, de forma ocasional, y no volvería a repetir esa terrible experiencia por nada del mundo. Sólo unos pocos se sentían atraídos por la perspectiva de ganar mucho dinero; aspiraban a contratar ellos mismos a otro Ruletista y convertirse así, a su vez, en patrones, algo que podía suceder ya con la segunda partida», nos explica un narrador embargado por el asombro.
La atracción por lo prohibido hermana a los asistentes al garito, quienes con ruidosas conversaciones intentan distraer el miedo producido por la inminente presencia de la fatalidad. Al rato, una puerta se abre y entra al salón un sujeto de figura espectral.
«Un individuo con un aspecto muy parecido al que presentaba mi amigo de la infancia en su época de máxima decadencia. Tenía los bolsillos de la chaqueta rotos y se sujetaba los pantalones con una cuerda de embalar. De su cara, que asomaba arrugada entre unos cabellos desgreñados, sólo se podía decir que era la cara de un borracho. Lo empujaba un patrón —ese es el nombre con que se conoce a los que contratan a los Ruletistas— con aspecto de camarero, que llevaba bajo el brazo una caja grasienta de madera. El borrachín se subió a un cajón de madera en el que yo no había reparado hasta entonces y allí permaneció, encorvado, con el aire caricaturesco de un campeón olímpico. Los accionistas lo miraban agitados, comentando entre ellos algún detalle del aspecto del cajón. A uno lo sorprendí santiguándose con discreción. Otro se roía con saña los pellejos de las uñas. Otro le gritaba algo al patrón. Pero el alboroto se cortó en seco cuando el patrón abrió la cajita. Todos estiraban el cuello, hipnotizados, hacia el pequeño objeto negro que brillaba como incrustado de diamantes. Era un revólver de seis balas, bien lubricado. El patrón se lo mostró al público con gestos lentos, casi rituales, como muestra un ilusionista las manos vacías con las que va a realizar milagros. Pasó después la palma por el tambor del revólver para hacerlo girar; se oyó un sonido delicado, punzante como la risa de un gnomo. Depositó el revólver en el suelo y del interior de una cajita de cartón sacó un cartucho, con su camisa de cobre reluciente, y se lo tendió al accionista que tenía más cerca. Este lo examinó por todas partes atento y concentrado; asintió levemente con la cabeza, como contrariado por no haber encontrado ninguna irregularidad, y se lo pasó al siguiente. El cartucho dio la vuelta a la habitación y dejó restos de aceite en todos los dedos. Yo también lo toqué por un instante. Me esperaba, no sé por qué, que fuera frío como el hielo, o bien que quemara, pero estaba tibio. El cartucho volvió al patrón, quien, con gestos ostentosos, explícitos, lo introdujo en uno de los seis orificios del tambor. Pasó de nuevo la palma por la pieza móvil de metal que giró durante unos cuantos segundos con el mismo sonido agudo, chirriante. Finalmente, con una extraña reverencia, le tendió el arma reluciente al hombre del cajón. En medio de un silencio que te pulverizaba los huesos y en el que, lo recuerdo incluso ahora, lo único que se oía era el pulular de las cucarachas gigantes y el leve sonido de las antenas al rozarse entre sí, el hombre se llevó el revólver  a la sien. Me dolían los ojos por culpa de la terrible concentración y de la luz mortecina. De pronto, la silueta del mendigo con el revólver en la sien se descompuso en unas cuantas manchas fosforescentes amarillentas y verdosas. La pintura de la pared blanca que estaba a sus espaldas adquirió un relieve enorme: era capaz de distinguir cada hendidura y cada grano de cal, engrosados como la piel de un viejo, y las marcas azuladas que dejaban en la pared. De repente, en el sótano empezó a oler a almizcle y a sudor. El hombre del cajón, con los ojos apretados y una mueca como si notara un sabor horrible en la boca, apretó violentamente el gatillo. Sonrió después con un gesto cándido y aturdido. El breve clic del gatillo fue lo único que se dejó oír. Bajó del cajón y se sentó encima, abrumado», de este modo nos es descrito el primer triunfo del antihéroe.
Ocho veces se llevó el revólver a la sien y ocho veces derrotó a la muerte. El Ruletista se convirtió en leyenda y su éxito irrefrenable terminó por invocar aquel espíritu ludópata que, en su juventud, lo arrojó a prisión. Vino entonces el vértigo de la apuesta en aumento, el excitante «doble o nada». Anunció una ruleta de dos balas; hazaña opacada por la ruleta de tres, cuatro, cinco balas…
En la cima de su gloria, temido por los apostadores («resignados a que estaban apostando contra el Diablo»), perseguido por las mujeres («el deseo femenino de acercarse a la muerte, la fascinación por los hombres que huelen a pólvora de forma casi metafísica»), el Ruletista llenó el tambor con seis cartuchos y se adentró en el negro abismo que se abre entre el hecho de tener una posibilidad o ninguna….
He contado todo y no he contado nada. He aquí la grandeza de Cartarescu.

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viernes, noviembre 07, 2014

Nuncupatorio

Escribo estas líneas a los 42 años de edad. Cuando salgan publicadas tendré 43. Será la primera vez que envejeceré por escrito. Lo inédito de tal circunstancia despierta en mí un dejo de alegre tristeza —o quizás de triste alegría—, no tanto por la imposibilidad de retener para siempre los días transcurridos, sino por identificar en algunos de ellos el surgimiento de las pasiones que hoy alegran mi vida.
Caracas, 1.989. El apuesto joven (narrador que no fabula no es narrador) Rafael Jiménez Moreno, de sobrenombre «Vampiro» (o sea yo), cursa, más que estudia, el quinto año de bachillerato en el liceo Andrés Bello, un liceo privado… privado de pupitres, privado de pizarrones, privado de profesores…
En respuesta a la incuria de la educación pública, el joven se refugia en las canchas de futbolito, donde, partida tras partida, juega a imitar la acabada técnica del holandés Marco Van Basten.
El padre, un hombre humilde, preocupado por el hijo y lo incierto de su futuro, le informa acerca de la inminencia de las pruebas de acceso a la universidad. Le comenta que uno de sus clientes —el padre tiene una papelería con servicio de fotocopiado cerca de la UCV— le había explicado la estructura de los exámenes de ingreso: mitad razonamiento numérico y mitad habilidad verbal.
En un acto de amor, el padre le vaticina al hijo la imposibilidad de superar las pruebas de cálculo, porque en  ninguno de los años de bachillerato vio un lapso completo de Matemáticas. Y entonces le revela su plan: «Hijo, tu única esperanza es la parte verbal. Voy a dejar de comprar la prensa deportiva. En adelante buscaré los periódicos que leen los doctores. Quiero que leas los artículos de opinión de los domingos, porque el profesor me pasó el dato de que allí escriben las personas más cultas. Palabra que no sepas tienes que subrayarla y luego aprendértela. Si haces eso, entrarás en la universidad». El hijo no le para.
Dos semanas después, al regresar a la casa, luego de otra dura jornada de futbolito, el hijo mira al padre botar con rabia una hoja en la papelera de la cocina. El hombre, con rostro desencajado, le confía luego a su esposa lo inútil de esforzarse en aprender cuando el cerebro y la memoria no han sido entrenados mediante años de estudio.
En la noche, con el cuarto de los padres ya cerrado, el hijo vuelve a la cocina para conocer aquello que con tanta furia fue lanzado a los desperdicios. Observa el papel doblado. Lo toma. Lo abre. Encuentra una lista de voces con significados transcritos del diccionario. La primera de ellas, la palabra nuncupatorio: «Se dice de las cartas o escritos con que se dedica una obra, o en que se nombra e instituye a alguien por heredero o se le confiere un empleo». Siente remordimiento.
Desde ese momento, el hijo tiene el hábito de subrayar palabras y aprenderse significados. A las columnas dominicales de opinión ha sumado, con el tiempo, la lectura de novelas y ensayos. Lleva ya nueve cuadernos de vocabulario y le agradece al padre ese otro amor que, acaso sin proponérselo, logró sembrarle.

Te quiere mucho. Tu hijo, el que ayer cumplió 43 años.

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miércoles, setiembre 17, 2014

El arte de no decir la verdad

Quizás por el recargado sentimentalismo de los demagogos y lo desmañado de sus procederes políticos, la mayoría de los ciudadanos se muestra refractaria a concederle al fingimiento un carácter artístico.
Tal es la mala fama que signa al fingimiento que antiguas virtudes sociales, como la cortesía, la prudencia y la moderación, son hoy satanizadas por el pueblo llano, por observar en ellas manifestaciones contrarias a la espontaneidad y la franqueza.
Sin embargo, la impostura cumple una importante función en la vida de una colectividad, porque refrena la belicosidad contenida muchas veces en las primeras impresiones, diferencia al hombre de la bestia y aleja la posibilidad del enfrentamiento permanente entre personas o grupos con ideas y costumbres diferentes. En este sentido, la prédica insistente de la tolerancia no es más que un velado homenaje de las sociedades al fingimiento, porque para todos es sabido que lo ideal sería pronunciarse siempre a favor del respeto. Pero, como reza el tópico, algo es mejor que nada.
En este contexto dominado por la cultura de lo «políticamente correcto» conviene detenerse en la pertinencia del razonamiento del periodista polaco Adam Soboczynski en El arte de no decir la verdad (Anagrama, 2011): «El arte del fingimiento se parece a la lectura cuando nos dejamos absorber por ella, o al amor cuando creemos ver el mundo a través de los ojos del otro (…) el que finge se comporta como Proteo, el dios de los mares, que puede transformarse en un león, una serpiente, un leopardo, un cerdo, en agua o en árbol. El que finge es capaz de infiltrarse en temperamentos ajenos, en los deseos de su enemigo, en otro sexo o en la trayectoria vital de sus competidores. Y, cuando es necesario, es capaz de apropiarse de estos papeles como el actor al que, en pleno arrebato creativo, ya no reconocemos como la persona que es fuera del escenario».
Compuesto como una colección de 33 historias personales aparentemente inconexas, con capítulos singularizados en la mejor tradición de los textos de autoayuda («Mostrar interés»«Simular un acuerdo»«Aprovechar el momento oportuno», entre otros títulos) y un estilo de redacción a ratos comparable con el desarrollado en los casos de estudio de la Universidad de Harvard, El arte de no decir la verdad es un libro desconcertante para los amantes de los géneros literarios puros.
Es una novela atípica, en particular por el modo de presentar a los personajes, cuyas circunstancias individuales deben reconstruirse a partir de relatos fragmentarios. La ruptura cronológica se disfraza, en esta ocasión, de antología de relatos moralizantes. Por ejemplo, hay que leer casi treinta historias para enterarse de que el sexagenario Heinrich Walter, agente inmobiliario, protagonista del segundo capítulo («Controlar los arrebatos»), es padre de Anja, la chica que encontramos en la recreación de una malograda entrevista de trabajo («Nunca parecer perfectos»), pero también en una escena de celos en medio de un reencuentro de amigos («Abandonar la fiesta en el momento justo») y como confidente de una diseñadora gráfica de escasa suerte con los hombres («No hacerse nunca pesado»). No es el único caso: hay que leer cuatro historias para saber que Kirsten, la compañera de residencia del arquitecto Stephan Karst («Hacerse el ofendido de vez en cuando») y fugaz amante de un joven llamado Christian («Mostrar indignación moral»), es la novia formal de Sacha, el abogado defensor de la madre de Stephan Karst en un pleito laboral por jubilación forzada (capítulo 23: «Poner furiosos a los demás»).
Soboczynski confecciona un amplio catálogo de hombres y mujeres hijos de la «posmodernidad», etapa supuesta de la raza humana donde ilusiones tan mundanas como el orden, la certeza o la seguridad son por siempre postergadas. «Somos la última generación que todavía podrá vivir por un breve espacio de tiempo del milagro económico de sus abuelos», se nos advierte en el capítulo tercero.
El estigma social de la soledad, la angustia por saciar deseos contradictorios, el miedo a la depresión y otros derrumbamientos del alma, la impotencia frente al envejecimiento y la presión psicológica por mantener el paso de los demás —los supuestamente triunfadores— constituyen el leitmotiv de las vidas narradas por el novelista polaco. El resultado es un conjunto de duros retratos de la clase media alemana: un hombre que en las postrimerías de una fiesta debe capear con galanura el acoso sexual de una borrachita poco agraciada; un joven que escucha con estoicismo las cuitas sentimentales de su compañera de cuarto para finalmente  manipularla y tener sexo con ella; un político que se ve obligado a ofrecer disculpas a su principal contendor electoral por unas declaraciones citadas fuera de contexto; un iluso enamorado que para ganarse el corazón de una mujer infiel le confiesa las aventuras sexuales del novio; un cesanteado que abandona el puesto de trabajo en medio de gritos y empellones; una madre que inocula sentimientos de culpa en su hijo; un empleado que se busca la ruina por responder de un modo impulsivo un correo electrónico; un académico entrado en años y una joven investigadora que son sorprendidos en plena cópula; un periodista del corazón que por su enfermiza suspicacia es engañado con la verdad; una mujer que se queja de la fama súbita de un novio que abandonó por fracasado; una femme fatale que engatusa al camarero de un café para fumar en su local y ganar una apuesta…
«La movilidad es frenética, la competencia feroz, pero el fingimiento resplandece por doquier: el mundo nunca ha sido tan amable; raras veces ha venido envuelto en tan dulces palabras. El colérico pertenece al pasado; el futuro es de los seductores. En tiempos de convulsión social hace su aparición el artista del fingimiento (…) Nadie se rebela. No se amotina el empleado, tampoco el profesional liberal ni el autónomo económicamente dependiente. Sólo las clases más desfavorecidas se arrastran de vez en cuando por las calles de la capital, en grupos dispersos y desolados, armados con pancartas deshilachadas, silbatos y aliento a alcohol. ¿Rebelarse? Eso pertenece al pasado. ¿Rebelarse contra quién? ¿Contra el jefe que atiza con el látigo a los empleados? ¿Deberíamos entrelazar los brazos y derribarlo? Impensable: ya no existe el jefe contra quien dirigir la ira; ahora es la persona más amable del mundo. Además, no existe ningún Nosotros. Existe el Yo, el Yo acorazado que lucha hábilmente por su carrera. El enemigo ya no se sienta arriba; arriba ya sólo está el cielo. El enemigo se sienta al lado, en la misma planta llena de mesas de oficina. Es lo que se llama jerarquía plana. ¿Cómo hay qué comportarse para imponerse? Siempre con una sonrisa. El hombre versátil de nuestro tiempo no hace jamás lo que finge hacer. Se comporta como el camaleón: adopta el color de la piedra sobre la que reposa. El hombre de hoy en día, se dice, es rápido de reflejos, no tiene ataduras con el lugar donde se encuentra y tiene capacidad de adaptación. Conceptos muy acertados, sin duda. Se trata de conceptos propios de la vida aristocrática, de cuando el cortesano era enemigo de todos los demás cortesanos, labraba su carrera con ahínco o rivalizaba por una conquista amorosa. En la corte ya no era el caballero de antaño, que luchaba con lanza y espada; ahora, sus armas eran las palabras atinadas y los gestos maliciosos. Igualmente, ya nadie profiere eslóganes en el matadero de la calle, sino que se camufla en su vida diaria detrás de la amabilidad», filosofa el cínico narrador de Soboczynski.
El lector familiarizado con las máximas moralistas de Gracián («Tan importante es una lúcida retirada como un ataque esforzado»), de La Rochefoucauld («La modestia es una virtud que apreciamos sobre todo en los otros») o de Baltasar de Castiglione («El verdadero arte es el que no parece serlo, y no se ha de poner estudio en otra cosa que en ocultarlo»), se dará banquete con las sentencias formuladas por Adam Soboczynski. A continuación una pequeña muestra:

v  El que quiere adular al narrador, lo escucha atentamente
v  Al emprender cualquier proyecto, resulta útil ser subestimado
v  Todo lo que uno le resulte enojoso debe hacerse en secreto
v  El peor peligro en una entrevista de trabajo no es dejar una mala impresión, sino todo lo contrario: dejar una impresión demasiado buena
v Pocas cosas complacen más a los jefes que las pequeñas inseguridades de los subordinados
v  Un jefe nunca debe ser puntual en una negociación de sueldo
v  Inteligente es aquel que es capaz de ocultar a tiempo su inteligencia
v  Ninguna estrategia se ha de llevar al extremo, ningún arte se debe convertir en un conjunto de trucos evidentes
v Ofenderse, ya sea por una frase o por un hecho, sirve de bien poco. Hacerse el ofendido, en cambio, puede resultar muy útil. Pues pocas cosas atan más a los demás a nosotros que su mala conciencia
v Hay que vivir siempre de tal modo que se pueda reclamar a los demás una factura atrasada: estar rodeado de deudores significa tener poder
v  El arte de dosificarse es el arte de pensar en el objetivo final
v  No se puede ganar siempre. Lo ideal es sufrir derrotas muy de vez en cuando
v  Aquel que pretenda indignarse moralmente que tome nota: siempre debe investigar antes de expresar opiniones éticas para determinar si su arma tendrá efecto en el destinatario
v Muchas parejas fracasan porque uno de sus integrantes experimenta un cambio drástico en su vida, ya sea por propia iniciativa o por casualidad, ya sea a mejor o a peor
v  Una regla básica del comportamiento humano:  uno sólo consigue despertar confianza en los demás si les da a entender que comparte sus intimidades
v  Las ganas de confiarse sin tapujos a los demás son terriblemente perjudiciales
v  Las declaraciones de amor prematuras ponen en fuga a la persona deseada
v  Los simpáticos son apreciados por su facilidad de conversación y su contagioso buen humor. Su punto débil: con frecuencia son más amados que deseados con pasión erótica. Su punto fuerte: a menudo son subestimados.
v  Los misteriosos tienen mucho poder. Crean relaciones de dependencia destructoras. Su punto débil: con frecuencia son más deseados con pasión erótica que amados. Su punto fuerte: a menudo son sobreestimados
v  La ausencia es aquello que hace posible que uno desprenda cierta aureola. Lo que despierta nuestro interés es la dificultad de ver al otro. La dificultad de verlo, su desaparición bien calculada, son los fundamentos de la fama del poderoso
v  El que confiesa titubeante su atracción a una mujer, por ejemplo con las palabras: «Esto… sabes… tú me gustas mucho», y recibe como respuesta: «Y tú a mí, pero por favor no me malinterpretes, sólo como amigo», no debe reaccionar jamás enfadado ni con extrema frialdad, sino siempre con serenidad. En el rostro del rechazado únicamente debe adivinarse un ligero atisbo de tristeza melancólica, un orgullo que conmueva íntimamente a la amada. ¡Cuán a menudo, tras una primera negativa, se invierte la situación!  La desagradable tensión que presidía el ambiente, y que tenía su origen en la incertidumbre sobre la naturaleza de la relación, parece haberse esfumado: el seamos amigos, pues, se ha impuesto. Y, para brindar por la amistad, se pide una copa de vino. Y otra. Hay risas. Y de pronto los cuerpos se encuentran. Aquel que, lleno de indignación, abandona antes de tiempo la mesa de juego del amor es un mal perdedor que tenía en su mano la victoria
v  ¿Qué es la vida? Un campo minado. ¿Y el fingimiento? La condición necesaria para nuestra ascensión. ¿Y qué es el amor? El más bello de los engaños.

En mi opinión, uno de los mejores capítulos de El arte de no decir la verdad es el número diecisiete («Utilizar el humor»). Aquí Soboczynski describe una reunión de agentes inmobiliarios de la empresa de bienes raíces Wanders GmbH & Co.KG. Es la historia de una discusión acalorada que queda zanjada por la respuesta jocosa de una astuta ejecutiva. El incidente le sirve al autor de pretexto para ensayar algunas teorías acerca del humor: la habilidad más difícil de cultivar para los artistas del fingimiento. Afirma, entonces, que la persona con sentido del humor destaca por la rapidez de sus pensamientos, sus reflejos intelectuales y su espontaneidad.
«El humor tiene un doble efecto: hace que uno parezca simpático ante los espectadores, y así disfraza el hecho de que, a menudo, se utiliza no para el disfrute general de los presentes sino para herir a un contrincante (…) El humor bien administrado gusta tanto que hace que se disculpen rasgos que normalmente resultan odiosos», se indica en el capítulo.
Soboczynski, finalmente, le revela al lector que la decisión tomada bajo el influjo del humor resultó catastrófica para la empresa inmobiliaria y le reportó cuantiosas pérdidas. Acto seguido, esta información sirve de contexto para una aguda reflexión: «Este desafortunado desarrollo de los hechos, sin embargo, no desmerece en nada el poder del humor. Simplemente subraya su peculiaridad: el humor tiene tendencia a prescindir del sentido común. Es injusto, creador de mayorías, antidemocrático y quintaesencia del poder del carisma».

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miércoles, setiembre 10, 2014

Conjeturas sobre un sable

Como si fuese un vestido demasiado estrecho, al padre Guido el mundo ya le aprieta. En su pequeña habitación, en compañía de un puñado de libros y apenas confortado por las delicias salidas del fogón de la Casa del Clero, «el jubilado del espíritu» redacta una carta que le sirve de pretexto para rememorar la desesperada encomienda que lo llevó a  visitar por nueve días la frontera oriental de Italia.
«Es extraño lo cerca que siento —o mejor, lo cerca que están de nuevo, desde hace algún tiempo— aquel octubre de 1944, aquella inverosímil región de Carnia ocupada por los alemanes y sus aliados cosacos, y hasta aquel oficio con el que el obispo de entonces —creo que por consejo de nuestro inolvidable padre Cioppi, rector del instituto salesiano de Tolmezzo— me invitaba a trasladarme a Carnia con el propósito de interceder ante los cosacos, al objeto de que pusieran fin a los ultrajes y atropellos que infligían a aquellas pobres poblaciones», recuerda en su misiva el protagonista de Conjeturas sobre un sable (Anagrama, 1994), novela del escritor triestino Claudio Magris.
En 1944 una compañía de viejos soldados de variado origen (osetos, cosacos, armenios, georgianos, turquistanos, circasianos de Azaerbaiján), desterrados de las tierras de sus ancestros por la Revolución Bolchevique, conquistan el noreste de Italia para establecer allí, en los límites con Austria y Eslovenia, la nueva patria cosaca. La operación la encabeza el atamán Piotr Krasnov, un oficial retirado del ejército zarista devenido socio del nazismo por dos turbias razones: la obsesión por vengar la injusticia histórica cometida contra su pueblo y la urgencia de hacerse con cuantiosas unidades de apoyo  militar. La suya es, en palabras del narrador, una sincera pero desviada pasión por la libertad, que lo condena a una mecánica esclavitud: «Krasnov ya no quería darse cuenta de nada, lanzado como un peso muerto en aquel abismo que se hacía la ilusión de haber elegido».
El padre Guido, en su larga carta, entreteje el recuerdo de estos y otros hechos históricos con reflexiones propias de un ser religioso. Nos relata su llegada a Carnia, para luego interrumpir la descripción con una densa disquisición acerca del libre albedrío y su compatibilidad con la inteligencia divina, ésa que sabe el porvenir que aguarda a los pueblos y conoce las acciones que mañana serán ejecutadas por las personas, de suerte que «parece todo ya decidido, incluso el bien y el mal que habremos de realizar». Habla también de su encuentro fortuito con un oficial cosaco —posiblemente Piotr Krasnov («o solo es mi fantasía la que me lleva a creer que detuve en la calle a un caudillo, para sentirme un mini-Hegel que no se limita a mirar a un Napoleón en escala reducida, a un pequeño Espíritu del Mundo a caballo, sino que se le pone audazmente delante y le dirige la palabra»)—, para después desviar el relato hacia una divagación sobre el advenimiento de la muerte, momento decisivo en la vida de un cristiano, cuando «se despliega su verdad definitiva».
La alusión a la muerte no es aislada ni antojadiza. De seguidas, el sacerdote nos comenta una noticia aparecida el 13 de agosto de 1957 en el Corriere di Trieste, donde se informa acerca del traslado a Alemania de tres cadáveres exhumados en el cementerio de Villa Santina (uno de ellos, aparentemente, el del general traicionado y derrotado Piotr Krasnov): «Se leía en la crónica que “estaban los alemanes llevando a cabo uno más de sus enredos en perjuicio del atamán, su iluso e ingenuo aliado”, cuando entre la tierra removida por el sepulturero para llevarse los desechos abandonados por los tres oficiales despuntó la empuñadura de un sable, la periodista no había dudado de que se trataba del sable de Krasnov y le había parecido el símbolo de una última rendición, casi de una expiación por el mal que había acarreado y al mismo tiempo un don digno y humilde. En el Corriere di Trieste viene la fotografía de esa empuñadura, a la que le falta la hoja. Una empuñadura parda y curva, finamente engastada, que parece sugerir soledad: promesa de gloria y sello de vanidad, breve ilusión de seguridad y apoyo para la mano que la aferra y cree sentirse menos sola en el fluctuar de las cosas. La tierra restituyó aquella empuñadura, pero no así la hoja: un arma que no puede herir, estandarte sin regimiento o caballo sin caballero. Esa empuñadura, en la fotografía, tiene un algo de impávido, un gesto grandilocuente de desafío, que amenaza con aquello que no podría jamás poner en práctica».
Los hechos sugeridos en la crónica no encajan con las investigaciones del sacerdote en retiro. Desmienten las revelaciones encontradas en libros de la Biblioteca Municipal, consultados gracias al servicio de préstamo de obras. Tampoco concuerdan con los testimonios personales del general Varat ni con las conclusiones del centenar de ensayos, revistas y folletos de divulgación histórica compulsados por el padre Guido en el cuarto de la Casa del Clero; documentos enviados, de manera oportuna y gentil, por el encargado del Instituto para la Historia del Movimiento de Liberación y dos párrocos del Friuli. El reportaje del Corriere di Trieste, por ejemplo, nada dice del historiador Pier Arrigo Carnier, quien afirma que el atamán Krasnov rindió su sable al ejército inglés el 27 de mayo de 1945 en Austria, tras negociar un acuerdo —incumplido finalmente—para evitar ser entregado a las autoridades soviéticas. Esta falta de rigor periodístico se aviene mejor con la tradición oral, cultivada por los contertulios del bar Stella d̕oro, según la cual Krasnov cayó muerto en una emboscada de la Brigada Garibaldi en un sector propincuo al arroyo San Michelle.
«Toda esta historia complicada e inconexa no es sino una historia de fugas, a menudo disfrazada de asaltos y de avances, y tal vez por eso la siento tan cercana, ya que, salvo los raros momentos en que se vive en gracia de Dios, en gratificadora armonía con las cosas que nos rodean, toda la vida me parece una fuga, un derrotero atosigador y atosigado (….) No estoy buscando la verdad, sino más bien las razones que expliquen el falseamiento de la verdad. Hasta para lo que respecta a Krasnov la verdad es una, clara y simple, como siempre. El sí es sí y el no, no, como dice el Evangelio y eso es todo (…) La ambigüedad es un pretexto de los débiles, para achacar al mundo su incapacidad de discernir, como un daltónico que acusase a la hierba y a las amapolas de tener colores indistinguibles», reflexiona el recoleto.
La comprensión de la última aventura de Piotr Krasnov termina por ser una indagación sobre la naturaleza del mal y la estrecha relación que guarda con el mesianismo. También, por supuesto, el análisis de una existencia que nunca se queda quieta y se mueve en ámbitos antitéticos: de general de un ejército disuelto a exitoso autor de novelas históricas (el padre Guido refiere en su carta el criterio informado de su amigo el padre Caffaro, lector voraz, quien alaba la calidad literaria de algunas líneas pergeñadas por el atamán) y de allí a padre fundador de la patria cosaca.
«Son los primeros pasos en el mal aquellos de los que debemos guardarnos; cuando ya estamos encaminados, cualquiera que sea el sendero, es difícil volver atrás, como para quien es esclavo del vino y se hace ilusiones de que después de haber vaciado la botella que tiene delante, la última y luego basta, podrá dejar de beber (…) Krasnov ya no tenía oídos para ninguna historia verdadera, sino solamente para su propia declamación, que repetía para sí mismo. “Era el ejemplo palpable de un trágico malentendido al que debemos asistir demasiado a menudo”, decía el padre Caffaro, “es decir, el de un hombre bueno que hace el mal”. Entiendo lo que quería decir. Como he señalado ya más arriba, los gestos, de los que me ha hablado mucha gente, con los que cogía del brazo a su mujer o hablaba en la calle con los campesinos o los niños, eran reveladores de un hombre que sabía lo que eran el amor y el respeto hacia toda criatura humana. Y por el contrario blandía el sable para crear un mundo que, si su sable no se hubiera perdido, no habría conocido ni el amor ni el respeto, y del que él habría sido probablemente una de sus primeras víctimas. Bajo su ostentado rebuscamiento aristocrático tenía lugar un proceso elemental, tosco, estoy por decir. Trataba instintivamente de igual a igual a un montañés que acarreaba leña, y habría tratado del mismo modo a cada uno de ellos, pero su odio forzado por las ideologías le hacía reo de la más abstracta de las ideologías, que él confundía con la realidad inmediata y le impedía pensar y sentir en plural. Si primero uno y luego otro y más tarde un tercer montañés se convertían en los montañeses, entonces ya no se acordaba de que eran uno, dos o tres de aquellos hombres con los que él sabía ser amable, sino que advertía entonces en ellos una oscura amenaza, una reivindicación, el acoso de una muchedumbre que le daba la impresión que quería tirarle del caballo. Y entonces sentía la necesidad de defenderse, el impulso irrefrenable de emprenderla a sablazos a su alrededor», comenta el padre Guido al describir el perfil psicológico de Krasnov.
Conjeturas sobre un sable es una historia de traiciones y de personas que han sido traicionadas Una historia donde resulta imposible identificar al verdadero traidor. Una historia de hombres imposibilitados para mirar más allá del caos de cada día, obsesionados, como están, con la idealización de una realidad que espanta la paz y niega la libertad.

«Es característica de quien está acosado por la muerte aferrarse a la hora de paz que consigue arrebatar, aunque ésta en realidad precipite su fin. La jeringuilla con la que un drogado se pincha, le quita años de vida, pero le regala un día. Tal vez estemos viviendo también nosotros de esa forma», (nos) advierte el padre Guido. 

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martes, setiembre 02, 2014

La piel

Como una extraña mezcla de médico e historiador, Curzio Malaparte apunta en su cuaderno de notas la fecha exacta cuando estalla la epidemia de peste que sofoca a los habitantes de Nápoles: el primero de octubre de 1943, día de entrada a la ciudad de los ejércitos aliados contra el nazismo y el fascismo.
«Aquélla era una peste profundamente distinta, pero no menos horrible, de las epidemias que cada cierto tiempo devastaban a Europa en el medievo. Lo extraordinario del nuevo mal consistía en esto: que no corrompía el cuerpo, sino el alma. Los miembros permanecían, en apariencia, intactos, pero dentro del envoltorio de la carne sana el alma se iba pudriendo y descomponiendo. Era una especie de peste moral, contra la cual no parecía existir defensa alguna», registra el escritor Curzio Malaparte (heterónimo de Kurt Erich Suckert), quien da su nombre al narrador desencantado de la novela La piel (Galaxia Gutenberg, 2010).
Las mujeres son las primeras personas en contraer la peste. Niños y hombres apenas resisten por unas cuantas horas más. Sólo pocos sujetos consiguen sobrevivir a la bruma viciada que se esparce por todos los recovecos de la ciudad. Una inmunidad que nunca les será perdonada, porque los erige en incómodos testigos de la vergüenza universal.
¿Pero dónde está la semilla de la peste? ¿Cuál es su agente transmisor? ¿En qué situaciones ocurre el contagio? Estas preguntas surgidas en la mente del lector son respondidas, sin ambages, por Curzio Malaparte en párrafos cortos y duros, que acaban con la ilusión: «Todo lo que tocaban esos magníficos soldados se corrompía al instante. Los infelices habitantes de los pueblos liberados empezaban a pudrirse y a apestar nada más estrechar las manos de sus libertadores. Bastaba con que un soldado aliado se asomase desde un jeep para sonreírle a una mujer o acariciarle fugazmente el rostro para que ésta, conservada hasta entonces digna y pura, se convirtiera en prostituta. Bastaba con que un niño se llevase a la boca un caramelo regalado por un soldado americano para que su alma inocente se corrompiera (…) La peste habitaba en su piedad, en su propio deseo de ayudar a aquel pueblo desventurado, de aliviar sus miserias, de socorrerlo en aquella tremenda desgracia. El mal habitaba en sus propias manos, fraternalmente tendidas hacia aquel pueblo vencido. Quizás estuviera escrito que la libertad de Europa no había de nacer de la liberación, sino de la peste».
Con la venia del nuevo gobierno italiano, Curzio Malaparte ejerce funciones de apoyo logístico. De inmediato se gana el respeto de la alta oficialidad de los ejércitos aliados, por su valioso trabajo como intérprete de distintas lenguas y lo entretenido de su compañía como excéntrico cicerone y erudito en cultura clásica y renacentista. Malaparte constata a diario, como intermediario de excepción entre vencedores y vencidos, el relajamiento de las costumbres familiares y la multiplicación de silencios cómplices que anuncian la adopción masiva, por parte de los napolitanos, de la ética canalla de la sobrevivencia.
«No me gusta ver hasta qué punto es capaz de rebajarse el hombre con tal de vivir. Preferiría la guerra a aquella “peste” que, después de la liberación, nos había ensuciado, corrompido y humillado a todos, hombres, mujeres y niños. Antes de la liberación habíamos luchado y sufrido para no morir. Ahora luchábamos y sufríamos para vivir. Hay una profunda diferencia entre luchar para no morir y luchar para vivir. Los hombres que luchan para no morir conservan la dignidad, y todos, hombres, mujeres o niños, la defienden con celo, con feroz obstinación. Los hombres no agachaban la cabeza. Huían a las montañas, a los bosques, vivían en cuevas, luchaban como lobos contra los invasores. Luchaban para no morir. Era una lucha noble, digna, leal. Las mujeres no exponían su cuerpo en el mercado negro para comprarse barras de carmín, medias de seda, cigarrillos o pan. Sufrían el hambre, pero no se vendían. No vendían a sus maridos al enemigo. Preferían ver morir de hambre a sus propios hijos antes que venderse, antes que vender a sus maridos. Sólo las prostitutas se vendían al enemigo. Los pueblos de Europa, antes de la liberación, sufrían con una dignidad admirable. Luchaban con la cabeza bien alta. Luchaban para no morir. Y los hombres, cuando luchan para no morir, se aferran con la fuerza de la desesperación a todo cuanto constituye la parte viva, eterna, de la vida humana, la esencia, el elemento más noble y más puro de la vida: la dignidad, el orgullo, la libertad de conciencia. Luchan para salvar su alma. Sin embargo, después de la liberación, los hombres tuvieron que luchar para vivir. Luchar para vivir es algo humillante, horrible, una necesidad vergonzosa. Nada más que para vivir. Nada más que para salvar la piel. No se trata ya de la lucha contra la esclavitud, la lucha por la libertad, por la dignidad humana, por el honor. Es la lucha contra el hambre. Es la lucha por un pedazo de pan, por un poco de lumbre, por un trapo con el que tapar a los niños, por un poco de paja para tenderse. Cuando los hombres luchan para vivir, todo, hasta un frasco vacío, una colilla, una piel de naranja, una corteza de pan seco recogida entre la basura, un hueso descarnado, todo tiene para ellos un valor enorme, decisivo. Los hombres se vuelven capaces de cualquier bajeza con tal de vivir, de cualquier infamia, de cualquier delito, con tal de vivir. Por un mendrugo de pan cualquiera de nosotros sería capaz de vender a su mujer, a sus hijas, de deshonrar a su propia madre, de vender a hermanos y amigos, de prostituirse con otro hombre. Estaríamos dispuestos a arrodillarnos, a arrastrarnos por el suelo, a lamer los zapatos de quien pudiera saciar nuestra hambre, a doblegar la espalda bajo el látigo, a secarnos sonriendo la mejilla manchada de esputos; y todo ello con una sonrisa humilde, dulce, y una mirada cargada de una esperanza famélica, bestial, una esperanza maravillosa».
Cada quince días los carros de la limpieza pública recorren las calles de Nápoles («Pompeya que nunca ha sido sepultada. No es una ciudad; es un mundo»). Recogen los fallecidos, de la misma manera que antes de la guerra recogían la basura. Las familias se deshacen con prontitud de sus muertos, porque ocupan en sus casas habitaciones que pudiesen ser ofrecidas a los soldados de la libertad, mecenas cuyos obsequios de agradecimiento son revendidos en el mercado negro. Es éste el horror que todo vencedor necesita presenciar para sentirse héroe («Despreciaba a los héroes —dije—. Sabía por experiencia que en Europa es más fácil ser un héroe que un cobarde, que cualquier pretexto es bueno para hacerse el héroe, y que la política, en el fondo, no es sino una fábrica de héroes. Materia prima, desde luego, no falta: los mejores héroes, the most fashionable, son los que están hechos de estiércol»).  Es éste el horror que toda intervención militar requiere para jactarse de humanitaria. La épica adquiere su resonancia allí donde luchan con desigualdad la víctima y el victimario. Muy pocos se llaman a engaño con respecto a la arrogancia de los victimarios, pero no ocurre lo mismo con la indefensión de las víctimas, la cual muchos confunden con la virtud de la humildad.
¿Hay inocencia en todas las víctimas? ¿Tienen ellas, per se, una incuestionable superioridad moral? («No hay nada humano en la voz del hambre (…) el hambre no tiene ninguna fuerza, si crees que puedes confiar en el hambre ajena, te equivocas».) El voluntarismo termina siempre por roturar los campos donde los héroes cultivan sus derrotas.
«La piel, nuestra piel, esta maldita piel. Usted no puede ni imaginarse de qué es capaz un hombre, de qué heroicidades y de qué infamias es capaz con tal de salvar la piel. Ésta, esta piel asquerosa, ¿la ve? Antes soportábamos el hambre, la tortura, los martirios más terribles, matábamos y moríamos, sufríamos y hacíamos sufrir para salvar el alma, para salvar nuestra alma y la de los demás. La gente era capaz de cualquier grandeza o de cualquier infamia con tal de salvar su alma. Y no sólo la suya, sino también la de los demás. Hoy en día sufrimos y hacemos sufrir, matamos y morimos, realizamos hazañas maravillosas y actos horrendos no ya para salvar el alma, sino para salvar la piel. La gente cree que lucha y sufre por su alma, cuando en realidad lucha y sufre por su piel, nada más que por la piel. Lo demás no importa. ¡Nos convertimos en héroes por algo bien mezquino! Por algo repugnante. La piel humana es algo repugnante. Fíjese. Da asco. ¡Y pensar que el mundo está lleno de héroes dispuestos a sacrificar la vida por algo así!», le comenta Curzio Malaparte, en un memorable pasaje, al general Guillaume.
Las palabras destilan desprecio por los hombres («condición primera de la sabiduría en la vida humana»). Y es de este modo que el protagonista de la novela proclama su desagrado con una especie abroquelada en la credulidad («la aparición del sol siempre engaña a los napolitanos, dándole la falsa esperanza del fin de sus desventuras y sufrimientos) y condenada a nunca salir zafa de las emboscadas del miedo («miedo que se torna en ira social, clamor de venganza, odio hacia uno mismo y hacia los demás»). Los hombres ven en sus desgracias la cólera de los dioses («y junto con el arrepentimiento, el doloroso afán de expiación, la ávida esperanza de presenciar el castigo del malvado, la ingenua confianza en la justicia de una naturaleza tan cruel e injusta, junto con la vergüenza por la propia miseria, de la que el pueblo es tristemente consciente, se despertaba en la plebe, como siempre, el vil sentimiento de la impunidad, origen de tantos actos nefandos, y el miserable convencimiento de que, en medio de tan gran ruina y tan inmenso tumulto, todo es lícito y justo. Y así, se presenciaron en aquellos días actos abyectos y sublimes operados por la furia ciega o el frío raciocinio, diría casi que por una desesperación maravillosa; todo esto pueden en las almas sencillas el miedo y la vergüenza por los pecados cometidos»).
Los ejércitos aliados llegan a la capital italiana. El pueblo romano recibe a sus héroes. Entre la multitud destaca un hombre que corre, al grito de «¡Viva América!», por el medio de la calle, a la altura de Tor di Nona. De repente, tropieza y su cuerpo es arrollado por las orugas de un tanque Sherman. Todos gritan, menos Malaparte, quien recuerda haber vivido un episodio semejante: «En Yampil, en el Dniéster, en Ucrania, en julio de 1941, vi sobre la tierra de una calle, en mitad del pueblo, una alfombra de piel humana. Era un hombre que había sido aplastado por las orugas de un carro de combate. La cara tenía forma cuadrada, el pecho y el vientre habían quedado de través y se habían ensanchado en forma de rombos; las piernas y los brazos, ligeramente separados del tronco, parecían las perneras y las mangas de un traje recién planchado, estirado aún sobre la tabla (…) Cuadrillas de judíos vestidos con caftanes negros, provistos de palas y azadas, iban recogiendo los muertos abandonados por los rusos (…) En medio de la calle, frente a mí, yacía el hombre aplastado por las orugas del tanque. Los judíos se acercaron y empezaron a desincrustar aquel perfil de hombre muerto. Poco a poco, con la punta de las palas, levantaron los extremos del dibujo, como quien levanta las puntas de una alfombra. Era una alfombra de piel humana, y el estampado, una fina estructura ósea, una telaraña de huesos aplastados. Parecía un traje almidonado, una piel de hombre almidonada. La escena era atroz y a la vez serena, delicada, remota. Los judíos hablaban entre sí, y sus voces sonaban distantes, suaves, atenuadas. Cuando por fin terminaron de arrancar la alfombra de piel humana del polvo de la calle, uno de los judíos la clavó por la cabeza en la punta de la pala, la levantó como si fuera una bandera y echó a caminar. El abanderado era un joven judío con el cabello largo por encima de los hombros y una cara pálida y flaca en la que los ojos relucían con una fijeza dolorosa. Caminaba con la cabeza erguida y llevaba en la punta de la pala, a modo de bandera, aquella piel humana que se mecía y ondeaba al viento como una auténtica bandera. Y yo le dije a Lino Pellegrini, que estaba sentado a mi lado, “Ésa es la bandera de Europa, es nuestra bandera” (…) Y sumándonos a la comitiva de los sepultureros, echamos a caminar detrás de la bandera. Era una bandera de piel humana, la bandera de nuestra patria, era nuestra patria misma. Y así fue cómo vimos arrojar la bandera de nuestra patria, la bandera de la patria de todos los pueblos, de todos los hombres, al vertedero de la fosa común».
No hay recibimientos ni homenajes en Florencia. El paso de las tropas aliadas es el chupinazo que inicia el desalojo de los sótanos, escondrijos de los falsos resistentes, de los supuestos defensores de la libertad, de los sedicentes parteros del futuro. «De las alcantarillas, los sótanos, los desvanes, los armarios, de debajo de las camas, de las grietas de las paredes, donde vivían en la “clandestinidad” desde hacía un mes, surgieron como ratones los héroes de última hora, los tiranos del mañana; los heroicos ratones de la libertad que un día habrían de invadir a Europa para edificar sobre las ruinas de la opresión extranjera el reino de la opresión nacional». Días después, y unos cuantos kilómetros más al norte, Malaparte llega a tiempo para presenciar el colgamiento del cadáver del Duce en la plaza Loreto: «El día que entramos en Milán, nos encontramos con una ruidosa multitud aglomerada en una plaza. Me puse en pie sobre el jeep y vi a Mussolini colgado por los pies de un gancho. Vomité sobre el asiento del jeep; la guerra había terminado, y yo ya no podía hacer nada por los demás ni por mi país, sólo vomitar».
Rodeado de ruinas –físicas y morales-, asqueado de la eficacia asesina de la guerra, atormentado por el dolor del que ha sido testigo, Curzio Malaparte suelta una última imprecación a los vencedores (porque sí, porque incluso los perdedores, antes de serlo, habían sido vencedores): «El hombre es un ser innoble. No hay espectáculo más triste, más desagradable, que un hombre, un pueblo, en su apoteosis. Pero un hombre, un pueblo, vencidos, humillados, reducidos a un montón de carne marchita, ¿hay algo más bello y noble en este mundo?».
Para el escritor checo Milan  Kundera La piel es, sin duda, una archinovela: «El tiempo de la acción en La piel es breve, pero la historia infinitamente larga del hombre está presente en ella. Por la antigua ciudad de Nápoles entra el Ejército norteamericano, el más moderno de todos. La crueldad de una guerra supermoderna se desarrolla en el trasfondo de las crueldades más arcaicas. El mundo que ha cambiado de un modo tan radical muestra a la vez lo que queda tristemente inmutable, inmutablemente humano (…) En La piel, todavía la guerra no ha terminado, pero su final ya está decidido. Las bombas siguen cayendo, pero ya caen entonces sobre otra Europa. Ayer, nadie se preguntaba quién era el verdugo y quién era la víctima. De golpe, ahora el bien y el mal ocultan su cara; el mundo nuevo todavía es poco conocido; desconocido; enigmático; el que cuenta tiene una única certeza: está seguro de no estar seguro de nada. Su ignorancia pasa a ser sabiduría». (Un encuentro. Tusquets, 2009).
Esta sabiduría de Curzio Malaparte queda en evidencia en muchos pasajes de la novela. Pienso, por ejemplo, en los hechos narrados en el quinto apartado del capítulo seis («El viento negro»), donde Malaparte acompaña al ejército estadounidense en su marcha sobre Roma. Vemos allí a un soldado herido de gravedad, con el vientre desgarrado y los intestinos expuestos a la mirada de la gente. El sargento encargado de la tropa ordena trasladar al moribundo al hospital. Malaparte se opone a la decisión. El centro médico está lejos, el viaje en jeep sería demasiado largo y accidentado, lo que le causaría al soldado mucho más dolor. Recomienda dejarlo donde está y que se muera sin enterarse de que se está muriendo. Entonces comienza a decir chistes y a improvisar parodias para buscar la risa de quien ya está signado por la muerte. Malaparte razona, del siguiente modo, este hermoso gesto de humanidad: «Todos en Europa sabemos que hay mil maneras de hacer el payaso, y que dárselas de héroe, cobarde, traidor, revolucionario, salvador de la patria o mártir de la libertad no son sino maneras distintas de hacer el payaso. Incluso poner a un hombre en el paredón y dispararle en el abdomen, incluso perder o ganar una guerra son maneras tan buenas como otras de hacer el ridículo. Pero no podía negarme a hacer el payaso para ayudar a un pobre muchacho americano a morir sin dolor. Seamos justos: ¡en Europa a menudo hay que hacer el payaso por mucho menos! Además, aquélla era una manera noble, una manera generosa, de hacer el payaso, y no podía negarme: se trataba de no hacer sufrir a un hombre. Comería tierra, masticaría piedras, tragaría estiércol, traicionaría a mi madre por ayudar a un hombre, a un animal, a no sufrir. La muerte no me da miedo; no la odio, no me disgusta, no es, en el fondo, asunto de mi incumbencia. Pero odio el sufrimiento, y el de los otros, sean hombres o animales, más que el mío propio. Estoy dispuesto a todo, a cualquier bajeza, a cualquier heroísmo, con tal de no hacer sufrir a un ser humano, con tal de ayudar a un hombre a no sufrir, a morir sin dolor. Por eso, por más que sintiera subírseme los colores, me alegraba de poder hacer el payaso no ya por la patria, la humanidad, el honor nacional, la gloria o la libertad, sino por mí mismo, por ayudar a un pobre muchacho a no sufrir, a morir sin dolor».
El soldado Fred muere con una sonrisa en los labios, en un dulce y nostálgico sueño. Ciego por la furia, el sargento le da un puñetazo en la cara a Malaparte y le grita: «Es usted quien lo ha dejado morir, ¡usted lo ha matado! Por su culpa ha muerto en el fango, como un animal. Your bastard! Shut up, you son of a bitch!». Pero el capitán  médico Schwartz, al comprobar la gravedad de las heridas, le estrecha la mano a Malaparte y de seguidas le dice: «Se lo agradezco en nombre de su madre».
Finalmente, culmino esta reseña citando en extenso un ejercicio de sociología ensayado por Curzio Malaparte, a partir de la risa como rasgo determinante de la idiosincrasia de los pueblos: «No hay pueblo en el mundo que sepa reír tan de corazón como los americanos. Se ríen como los niños, como los escolares en vacaciones. Los alemanes no se ríen nunca por cuenta propia, sino siempre por cuenta de otro; de la misma manera, ríen como si temiesen no reírse lo suficiente. El problema es que siempre se ríen demasiado pronto o demasiado tarde, nunca en el momento adecuado. Por eso su risa suena siempre a destiempo, o mejor dicho, fuera del tiempo, lo cual vale también para el resto de sus actos y sentimientos. Diríase que se ríen siempre por alguien que no se ha reído en el momento adecuado, o por alguien que no se ha reído antes que ellos, o por alguien que no se reirá después. Los ingleses se ríen como si fueran los únicos que saben reírse, como si nadie más que ellos tuviera derecho a reírse. Se ríen como ríen todos los isleños: sólo cuando están seguros de no ser vistos por nadie del continente (…) Los pueblos latinos se ríen porque sí, porque les gusta reírse, porque «la risa es salud» y porque, suspicaces, vanidosos y orgullosos como son, creen que el hecho de reírse siempre de los demás y nunca de sí mismos demuestra a las claras que no es posible reírse de ellos. Nunca se ríen por darle gusto a alguien. También ellos, como los americanos, ríen por cuenta propia; sin embargo, a diferencia de la de los americanos, su risa nunca es gratuita, se ríen siempre por algo. Y en cuanto a los americanos, ah, los americanos, por más que se rían siempre, a menudo se ríen por nada, a veces más de lo necesario, aunque sepan que ya se han reído bastante; y no se preocupan nunca, sobre todo en la mesa, o en el teatro, o en el cine, de si se ríen de lo mismo de lo que se ríen los demás. Se ríen todos a la vez, ya sean veinte o cien mil  o diez millones, pero siempre por cuenta propia. He aquí lo que los distingue de cualquier otro pueblo de la tierra, lo mejor que revela el espíritu de sus costumbres, de su vida social, de su civilización: que nunca se ríen solos».

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martes, agosto 05, 2014

El sentido de un final

«¿Hay algo más verosímil que una segunda aguja? Y, sin embargo, el placer o el dolor más nimio basta para enseñarnos la maleabilidad del tiempo. Algunas emociones lo aceleran, otras lo enlentecen; de vez en cuando parece que no fluye, hasta el punto final en que desaparece de verdad y nunca vuelve», piensa en voz alta el protagonista de El sentido de un final (Anagrama, 2012) novela del inglés Julian Barnes.
Seis recuerdos recurrentes, cinco verdaderos y uno apócrifo, incitan al jubilado y divorciado Tony Webster a reflexionar sobre el océano de renuncias y frustraciones que hacen del idealismo de la juventud y el pragmatismo de la adultez dos continentes lejanos.
«El tiempo primero nos encalla y después nos confunde. Creíamos ser maduros cuando lo único que hacíamos era estar a salvo. Pensábamos que éramos responsables pero sólo éramos cobardes. Lo que llamábamos realismo resultó ser una manera de evitar las cosas en lugar de afrontarlas. El tiempo…, que nos den tiempo suficiente y nuestras decisiones más sólidas parecerán temblorosas, nuestras certezas fantasiosas», piensa un envejecido Tony Webster al revisar su pasado.
¿Qué lo impulsa a volver sobre los caminos transitados, a repensar las decisiones adoptadas, a evocar las circunstancias olvidadas por libre voluntad? El fallecimiento de una mujer, que por un tris no fue su suegra, y el incumplimiento de una disposición testamentaria (la recepción de los diarios de un antiguo amigo de la secundaria: el joven suicida Adrian Finn) son las razones que alteran la tranquilidad de Tony Webster.
El nombre de Adrian Finn abre nuevamente el salón clausurado. Allí, sentados en los pupitres, están los otros dos miembros de la cofradía: Alex y Colin. De pie, en el estrado, el profesor Old Joe Hunt («cuyo sistema de control dependía de su capacidad de mantener un aburrimiento suficiente pero no excesivo») hace una pausa en su clase de historia para hacerle una pregunta al joven Marshall («un ignorante cauteloso que carecía de la inventiva de la auténtica ignorancia»):

—¿Cómo describiría el reinado de Enrique VII?
—Había descontento, señor.
—¿Podrías ser más preciso?
—[«Marshall asintió lentamente, reflexionó un poco más y decidió que no era un momento de cautelas»]Yo diría que había una gran descontento, señor…

Donde sí existía un gran descontento era en la vida sexual del joven Tony: «Yo no era exactamente virgen, por si los lectores se lo están preguntando. Entre el colegio y la universidad viví un par de episodios cuyas emociones fueron mayores que la huella que dejaron. De modo que lo que ocurrió más adelante me hizo sentirme tanto más extraño: al parecer, cuanto más te gustaba una chica y cuanto mejor te entendías con ella, tanto menos oportunidades de sexo. A no ser, por supuesto —y hasta más tarde no articulé este pensamiento—, que hubiera algo en mí que se sentía atraído por las mujeres que decían que no. Pero ¿existe acaso un instinto tan perverso?».
Aparece entonces la rara belleza de Veronica, la primera novia formal de Tony, y con ella el tortuoso descubrimiento de la pre-culpa («la expectativa de que ella iba a decir o hacer algo que me hiciera sentir debidamente culpable»), pero también del placentero infrasexo. Y he aquí un impensable hallazgo de esta novela: el infrasexo no es menos determinante del destino humano que el sexo.
La ruptura con Veronica y su inmediato noviazgo con Adrian Finn disuelve el grupo de los fieles mosqueteros y obliga al relegado a ocultar su dolor y refugiarse en la supuesta ataraxia de la madurez emocional. Pero la madurez también decepciona…
« A medida de que los testigos de tu vida disminuyen, hay menos corroboración y, por consiguiente, menos certeza de lo que eres o has sido (…) ¿Cuántas veces contamos la historia de nuestra vida? ¿Cuántas veces la adaptamos, la embellecemos, introducimos astutos cortes? Y cuanto más se alarga la vida, menos personas nos rodean para rebatir nuestro relato, para recordarnos que nuestra vida no es nuestra, sino sólo la historia que hemos contado de ella. Contado a otros, pero, sobre todo, a nosotros mismos», dice Tony.
La historia personal y la historia colectiva como una narración nacida del instinto primitivo de dotar de sentido al caos de las acciones humanas. La historia como la imposición de las mentiras de los vencedores, pero también como la aceptación pasiva de los autoengaños de los derrotados.
«En mis propios términos, me contenté con las realidades de la vida y acaté sus necesidades: si esto, entonces esto otro, y así pasaron los años, En los términos de Adrian, yo renuncié a la vida, desistí de estudiarla, la tomé como venía (…) Había querido que la vida no me molestara demasiado, y lo había conseguido; y qué lamentable era. Una medianía, era lo que había sido desde que dejé el colegio. Una medianía en la universidad y en el trabajo; una medianía en la amistad, la lealtad, el amor; un mediocre, sin duda, en el sexo (…) La palabra retumbaba. Medianía en la vida; medianía en la verdad;  una medianía moralmente», se cuestiona Webster.
Pero todos sufren abusos; sólo que algunos sujetos, devenidos victimarios, y sin «la circunstancia atenuante de la juventud», esgrimen los antiguos abusos recibidos como justificación moral para nuevos atropellos. Vemos así como abundan los individuos cuya única preocupación es evitar a toda costa que vuelvan a abusar de ellos y son, acaso sin proponérselo, «los más despiadados, de los que hay que cuidarse».
Para Tony no hay mayor idiota que un idiota viejo, aquel que a pesar de los años se deja estremecer por la «eterna esperanza del corazón humano», aquel que aún se niega a renunciar a esa variante de la utopía que desea ver en el premio y el reconocimiento el destino inexorable de todo esfuerzo («Crees que te lo mereces. Yo sí, en todo caso. Pero entonces empiezas a comprender que a la vida no le incumbe recompensar el mérito»). Webster concluye: «Llegas así hacia el final de la vida; no, no de la vida misma, sino de algo distinto: el final de cualquier posibilidad de cambio en esa vida».

¿Descontento? Mas bien diríamos que un gran descontento…

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