jueves, febrero 26, 2015

Habitamos un cementerio

Más que una revolución, el chavismo es una inmensa pira de sacrificios levantada a los pies de un tótem sangriento. Una divinidad insaciable, cuya protección exige como libamen la aniquilación del individuo y de su libertad. Una necrolatría que rebaja a la sociedad a tribu y eleva el eslogan a jaculatoria apotropaica. Una idea fija, y por tanto inanimada, cuyos defensores se afanan en hacer pasar por pensamiento rico, actual y diverso. Al final, una de las tantas máscaras que emplean el mal y la muerte para ocultar sus rostros.
El país del chavismo es un cementerio, lamentablemente no sólo de siglas y fracasos burocráticos. El martes 17 de febrero los estudiantes José Daniel Frías, de 20 años, y Julio Alejandro García, de 22 años, aparecieron muertos en Mérida, ambos con tiros en la cabeza. Dos días más tarde, en Táchira, tocó levantar el cadáver del estudiante John Barreto, de 21 años. En Caracas, el pasado fin de semana, en un recodo de la parroquia Catia se encontraron maniatados, amordazados y con múltiples disparos los cuerpos de Yamir Tovar, de 22 años, y Luis Fabián García, de 21 años. Para ratificar este ensañamiento contra la juventud venezolana, el martes 22 de febrero, en la ciudad de San Cristóbal, el niño de 14 años de edad, Kluiverth Roa Núñez, quien fue asesinado de regreso a su hogar por un miembro de la Policía Nacional Bolivariana que, en abierta violación al mandato constitucional, portaba un arma de fuego para reprimir manifestaciones.
De todos los asesinatos, ha sido la muerte del niño Kluiverth Roa Núñez la que ha despertado mayor indignación, entre otras razones por la abundancia de videos y fotografías que permiten reconstruir las circunstancias de sus últimas horas de vida. Gracias a las redes sociales y los esfuerzos titánicos de un grupo pequeño de medios de comunicación, negado a someterse al silencio informativo, los venezolanos pudimos darnos rápida y debida cuenta de la nueva mentira del dictador Nicolás Maduro, quien luego de extender su «sentido pésame» a la familia Roa Núñez, procedió a fabricarle al niño asesinado un prontuario de encapuchado y rebelde alienado por la derecha apátrida.
El defensor del pueblo, Tarek William Saab, experto en obtener de estudiantes encarcelados declaraciones escritas en las que se exime al Sebin de la acusación de tortura y tratos vejatorios (¡primer experto en derechos humanos que desconoce la existencia del testimonio forzado!), se apresuró a declarar que Kluiverth Roa Núñez murió por el impacto de un perdigón de plástico. Este sujeto, cuyo abyecto proceder no puede sorprender a nadie, confirma de este modo que su principal preocupación ha sido evitar que una indignada opinión pública volteara su mirada hacia la resolución 8.610, aprobada por el Ministerio del Poder Popular para la Defensa (y defendida en su valor literario por el afamado crítico Vladimir Padrino López), que extiende ilegalmente a todos los componentes de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana funciones de conservación de orden interno y justifica el uso de armas de fuego en manifestaciones en razón de la necesidad y la proporcionalidad de los bandos en enfrentamiento.
En un comunicado suscrito por profesores universitarios de Derecho de todo el país se denuncia que en los dos primeros meses del 2015 ya se han registrado más de tres mil detenciones en las manifestaciones de calle. El Foro Penal Venezolano es más exacto, habla de 3.686 personas detenidas (351 menores de edad), de las cuales 1.967 (195 menores de edad) han sido puestas en libertad, pero con medidas cautelares que condicionan sus derechos de reunión, libre movimiento y expresión de ideas. La estrategia de intimidación se complementa con la persecución implacable a la dirigencia de oposición, en particular a los promotores de «la salida».
Sin embargo, los dirigentes y los estudiantes opositores no son los únicos signados por la tragedia. Hay una sentencia de muerte sine die que se cierne sobre las personas con enfermedades crónicas, por la imposibilidad de comprar los medicamentos. La suerte no es distinta para todos aquellos que, víctimas del hampa o de la guillotina de carreteras y autopistas en mal estado, vayan a parar a los pabellones y salas de terapia intensiva de los hospitales de la red pública de salud.
¿Cuándo terminará esta dolorosa tragedia? Hay quienes ponen sus esperanzas en las elecciones parlamentarias; también quienes sueñan con una intervención militar, sin parar mientes en el origen castrense de la actual dictadura. Pretenden curar el veneno con el veneno, pero la violencia de un golpe de Estado es todo menos mitridatismo.
La hipocresía política de la revolución bolivariana, el cinismo de su plana mayor, la dependencia de los llamados poderes nacionales, el malhadado empeño en adulterar y sembrar de dudas los actos electorales confirman que esa entelequia llamada «soberanía», a contrapelo del mito republicano, no radica en el pueblo. Y aunque no lo digan abiertamente, los jerarcas chavistas con su andanada de abusos parecen secundar la afirmación luciferina de Carl Schmitt de que el soberano es aquel que puede decretar el estado de excepción.  En la Venezuela de la revolución bolivariana, no nos llamemos a engaño, el soberano es la fuerza armada, la misma que hoy, asesorada por una siniestra camarilla de fanatizados comunistas, ejerce el mando y las funciones de gobierno en este sistema corporativista de entraña neototalitaria. ¿Qué pueden los pobres venezolanos desarmados frente aquellos opresores legitimados por la metralla? En verdad, muy poco. A veces me descubro pensando que la respuesta pasa por el fin de la complicidad de los espectadores indiferentes; que la solución consiste en el íntimo y solitario gesto de valentía por el que una persona, hastiada de la corrupción y despotismo de su entorno familiar, decide retirarle el habla o alejarle la mirada a ese militar que, ora como amigo, ora como hijo, ora como pareja, ora como hermano, le tocó en suerte. Acaso sea la dignidad la única arma que puedan permitirse los seres desprovistos del poder de fuego.

 «Quiso hablar y vio rostros que lo habían consentido todo», así sintetizó W. Koeppen la multitudinaria soledad del ciudadano frente a la masa arremolinada en torno al mal tolerado y legitimado.

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lunes, febrero 16, 2015

El último reducto de la libertad

Lo más pernicioso del miedo es su don proteico, su capacidad de adoptar diferentes apariencias. A veces se disfraza de sentido común, y convierte a quienes temen en portavoces de la cordura y guardianes del bienestar colectivo. En otras ocasiones, adopta los modos de la objetividad, del juicio equilibrado; una coartada intelectual que le brinda a las almas medrosas la oportunidad de ganar tiempo y conocer el desenlace de los conflictos para, con posterioridad y sin mayores riesgos, abrazar la causa ganadora. También puede ceñirse los ropajes del amor y de los celos cuando la soledad es el objeto de la fobia. En fin, poderoso señor es Don Miedo.
El atentado terrorista perpetrado en la sede del semanario satírico Charlie Hebdo, que segó la vida de doce personas, le permite al miedo impostar la voz del respeto a la libertad de culto y elucubrar divagaciones, de resonancias gazmoñas, sobre lo que debe tenerse por humor en las democracias multiculturales. A falta de boca, de nuevo la angustia se vale de los labios de aquellos cuyo ánimo lacera para esparcir sus mensajes de empobrecimiento moral.
Quienes temen la furia del ataque yihadista, tras ofrendar unas escasas palabras en el ara de la libertad de expresión, vuelven la cara hacia la compungida feligresía de lo políticamente correcto (pécoras que sólo se sienten parte del rebaño cuando reciben la mirada del pastor), para condenar el libertinaje oculto en las opiniones islamofóbicas de las viñetas con el retrato del profeta Mahoma.
«En esas caricaturas sólo hay burla, ignorancia y pavor al otro, al distinto, a ese hombre, a esa mujer, que no es como nosotros», dicen los paladines de una sedicente «libertad ejercida con responsabilidad» que, a fuerza de tanto oler a culillo, no resultan creíbles. Olvidan, en medio de su éxtasis de buena conciencia, de progresismo político pagado de sí mismo, la larga, noble y libertaria tradición cultivada por la sátira. ¿Pero por qué hemos de sorprendernos de que tales cosas ocurran? ¿Acaso no son unos fanáticos ocupados en defender a otros fanáticos? Aquellos que desean esclavizar la lengua salen hoy al auxilio de quienes desean someter los espíritus.
En la introducción de Rebelión en la granja, George Orwell plantea la siguiente reflexión: «El mayor peligro para la libertad de expresión y de pensamiento no proviene de la intromisión directa del Ministerio de Información o de cualquier organismo oficial. Si los editores y los directores de los periódicos se esfuerzan en evitar ciertos temas no es por miedo a una denuncia, es porque le temen a la opinión pública. En este país [Inglaterra] la cobardía intelectual es el peor enemigo al que han de enfrentarse periodistas y escritores en general.  Es un hecho grave que, en mi opinión, no ha sido discutido con la amplitud que merece».
En septiembre de 2005 la urgencia de frenar las crecientes concesiones de los medios occidentales a la política de silencio informativo propugnada por fundamentalistas islámicos animó a Flemming Rose, responsable de la sección de Cultura del diario danés Jyllands Posten, a contratar once viñetas acerca del islam. Con esta iniciativa Flemming Rose deseaba demostrar a la opinión pública nacional e internacional que aún existían publicaciones y artistas dispuestos a asumir el costo político de defender la libertad de expresión, entre ellos Kurt Westergaard, autor de la caricatura más controversial de la muestra, en la que aparecía un hombre con facciones árabes ataviado con un turbante bomba.
«Hice el dibujo sin pensar remotamente que podría desencadenarse esta locura. Me limité a utilizar la vieja bomba anarquista, como metáfora del terrorismo, y luego hice ese rostro, que ni siquiera es el del Mahoma, aunque se haya interpretado así. Después añadí la inscripción en árabe: “No hay más Dios que Alá y Mahoma su profeta”. Quería explicar que los terroristas se inspiran en el islam, se nutren del islam. No pensé en ningún momento en lo que se me venía encima (…) No he hecho nada malo. He cumplido con mi trabajo. Un trabajo que está en consonancia con la tradición danesa, con la defensa de la libertad de expresión», explicó Kurt Westergaard.
Cuatro años después del escándalo de las viñetas el caricaturista sufrió un atentado en su hogar, cuando irrumpió un somalí de 28 años, armado de hacha y cuchillo, deseoso de vengar el supuesto agravio infligido al Profeta. Esta nueva vida, marcada por el miedo a las amenazas de sujetos fanatizados, despertó en Westergaard el interés por la lectura de los textos sagrados de diferentes cultos: «Después de lo ocurrido he leído mucho sobre religión, y creo que esa frase del libro del Génesis que dice “Dios creó al hombre a su imagen y semejanza” tendría que ser a la inversa: “El hombre creó a Dios a su imagen y semejanza”».
Sabido es que quien controla el presente controla el pasado, y quien controla el pasado controla el futuro. Una estrategia de dominación que tiene plena vigencia en el mundo islámico, donde los grupos extremistas han creado un Alá y un Profeta a su imagen y semejanza. A punta de balas, fatuas y terror, ejercen el poder en vastas zonas geográficas y se afanan por imponer a sus fieles-gobernados una interpretación que tortura las líneas que dan vida al Corán. Inventan una prohibición explícita de reproducir a Mahoma y omiten en sus exégesis y ejercicios hermenéuticos los muchos episodios donde el profeta ríe y se muestra amigo de las bromas («Siglos después, Mahoma alabó la risa y condenó la falta de humor: “Mantén siempre el corazón ligero, porque cuando el corazón se ensombrece el alma se ciega”» recuerda Alberto Manguel en su artículo «En defensa de la ironía»).
La experta en historia de las religiones Karen Armstrong, en su libro Mahoma, Biografía del Profeta, alerta acerca de las muchas manipulaciones ensayadas por los fundamentalistas islámicos: «La palabra islam, que denota la “entrega” existencial a Dios de todo su ser que los musulmanes están obligados a hacer, guarda relación con el término salam, paz. Y, lo que es más importante, Mahoma acabaría renunciando a la violencia y practicando una política de no violencia atrevida e inspirada, digna de Ghandi. Al imaginar que la guerra santa fue la culminación de su misión profética, los fundamentalistas han distorsionado todo el sentido de su vida. Lejos de ser el padre de la yihad, Mahoma fue un conciliador que arriesgó su vida y casi perdió la lealtad de sus compañeros más cercanos por su empeño en reconciliarse con La Meca. En lugar de librar una batalla intransigente hasta la muerte, Mahoma estuvo dispuesto a negociar y a llegar a un acuerdo. Y esta aparente humillación y capitulación demostró ser, en palabras del Corán, una gran victoria, fath. Es preciso conocer la historia del Profeta en esta época llena de peligros. No podemos permitir que los extremistas musulmanes se apropien de la biografía de Mahoma y la tergiversen para acomodarla a sus objetivos (…) Mahoma no es un santo de escayola. Vivió en una sociedad violenta y peligrosa y en ocasiones empleó métodos que aquellos de entre nosotros lo suficientemente afortunados por vivir en un mundo más seguro encontramos alarmantes. Pero, si somos capaces de dejar a un lado nuestras expectativas cristianas sobre la santidad, descubriremos a un ser humano apasionado y complejo. Mahoma poseía grandes dotes tanto políticas como espirituales —dos características que no siempre van de la mano— y estaba convencido de que todas las gentes religiosas tienen la responsabilidad de crear una sociedad buena y justa. En ocasiones era iracundo e implacable, pero también podía ser tierno, compasivo, vulnerable e inmensamente bondadoso. No disponemos de textos que describan a Jesús riendo, pero a menudo encontramos a Mahoma sonriendo y bromeando con sus allegados. Le vemos jugando con niños, solucionando problemas conyugales, llorando amargamente tras la muerte de un amigo o presumiendo con orgullo de su hijo recién nacido, como haría cualquier padre encandilado (…) En Occidente solemos imaginar a Mahoma como un caudillo, que blande su espada para imponer el islam por la fuerza de las armas a un mundo reacio. La realidad era muy distinta. Mahoma y los primeros musulmanes luchaban para salvar la vida, y acometieron un proyecto en el que la violencia era inevitable. Todo cambio radical de carácter social y político ha conllevado un baño de sangre, y, dado que Mahoma vivió en una época de confusión y desintegración, la paz sólo se podía conseguir mediante la espada. Los musulmanes consideran los años que pasó el Profeta en Medina como una Edad de Oro, pero también fueron años de penalidades, terror y derramamiento de sangre. La umma sólo logró poner fin a la peligrosa violencia de Arabia mediante un esfuerzo continuado. El Corán empezó a exhortar a los musulmanes de Medina a que participaran en una yihad. Esta participación conllevaría luchas y derramamientos de sangre, pero la raíz “JHD” implica más que una guerra santa: significa un esfuerzo físico, moral, espiritual e intelectual. Existen muchas palabras árabes que denotan combate armado, como harb (guerra), siraa (combate), maaraka (batalla) o quital (matanza), que el Corán podía haber empleado fácilmente si la guerra hubiese sido el objetivo principal de los musulmanes al involucrarse en este cometido. En su lugar elige una palabra más vaga y rica en significado, con una amplia gama de connotaciones. La yihad no es uno de los cinco pilares del islam [profesión de fe, oración, limosna, ayuno y peregrinación a La Meca]. No es el puntal de la religión, pese a la opinión generalizada en Occidente. Pero era y continúa siendo un deber para los musulmanes comprometerse en una lucha en todos los frentes —moral, espiritual y político— a fin de crear una sociedad justa y decente, donde los pobres y las personas vulnerables no sean explotados, tal y como Dios hubiera querido que viviera el hombre. Los combates y las guerras podían ser necesarios en determinadas ocasiones, pero sólo constituían una parte menor de toda la yihad o lucha. Según una tradición (hadiz) bien conocida, Mahoma afirmó lo siguiente al regresar de una batalla: “Volvemos de la pequeña yihad a la yihad más grande”, la campaña más denodada para conquistar a las fuerzas del mal dentro de uno mismo y de la sociedad, en todos los detalles de la vida diaria».
El discurso políticamente correcto adolece de una maca: ahíto de eufemismos, no llama las cosas por su nombre. Bajo su égida a menudo se permiten y reivindican prácticas tribales, denigratorias de los miembros más vulnerables de una colectividad (niños, mujeres, ancianos, minorías sexuales), con la excusa de que simbolizan expresiones idiosincráticas o religiosas plausibles en el marco de una sociedad multicultural; ritos, tabúes, creencias, costumbres y supersticiones cuyos fanatizados promotores se esfuerzan en parangonarlos, en legitimidad, con las normas y reglas emanadas del debate democrático, cuyas pautas son establecidas de acuerdo con un Estado de Derecho de inspiración laica y republicana.
La prédica del respeto al fanatismo religioso inocula, en la práctica, el bacilo del miedo en la sociedad y enmudece a la opinión pública mundial a la hora de pronunciarse acerca del lento regreso de los sistemas teocráticos o regímenes confesionales. Pero si Orwell tiene razón, y la libertad de expresión consiste en decirle a los demás lo que no quieren oír, entonces los caricaturistas de Charlie Hebdo cumplieron con su deber al criticar en sus dibujos el uso del terror y la mentira por parte de unos extremistas más pendientes de las armas que de las almas. Siempre resultará saludable salirle al paso a cualquier intento de minar el principio de la laicidad (reconocimiento de los ciudadanos) en favor del respeto a las creencias religiosas (reconocimiento sólo de los creyentes).
En lugar de escuchar los relatos de personas que disertan sobre lo que desconocen, por el placer mezquino e infantil de sumarse a la moda de zaherir y demonizar al sistema capitalista y los valores de la civilización occidental (origen del humanismo y de la Ilustración, duélale a quien le duela), haríamos bien en dirigir nuestra atención a los valientes testimonios de sobrevivientes de la represión reinante en el interior de sociedades cerradas. Conviene prestar oídos a las advertencias de Ayaan Hirsi Ali (beneficiaria de la salutífera práctica multicultural de la infibulación) cuando denuncia que muchos de quienes se la pasan con el Corán en la boca no pocas veces son creyentes de textos no piadosos como, por ejemplo, El concepto coránico de la guerra, del general paquistaní S. K. Malik, en cuyas páginas se aboga por una cruzada que tenga al alma humana como campo de batalla: «La clave para la victoria, como enseñó Alá mediante las campañas militares del profeta Mahoma, es golpear el alma de tu enemigo. Y la mejor manera de hacerlo es a través del terror. El terror es el punto en el que convergen los medios y el fin (…) El terror no es un medio de imponer decisiones al enemigo; es la decisión que queremos imponer».
Los expertos del terror tienen plena conciencia del poder del símbolo. Es por ello, que ya suman varios actos de barbarie y criminalidad en las ciudades donde nacieron la Reforma y la Ilustración: el asesinato del director de cine Theo van Gogh, en 2004, como castigo por su documental acerca de la violencia contra las mujeres en nombre de Mahoma, ocurrió en Ámsterdam, cuna del filósofo Baruch Spinoza, uno de los defensores más apasionados de la libertad de pensamiento y de la libertad de expresión.
En su monumental obra La ilustración radical. La filosofía y la construcción de la modernidad (1650-1750), el historiador inglés Jonathan Israel dedica varias páginas a reflexionar sobre cómo Thomas Hobbes y Baruch Spinoza, dos partidarios del Estado, entendían los conceptos de «tolerancia» y «libertad»: «La distinción clave entre Hobbes y Spinoza como pensadores políticos yace en sus concepciones nítidamente contrastantes de “libertad”. Hobbes adelanta lo que Quentin Skinner llamó “el ejemplo clásico” de la visión “negativa” de la libertad política, al sostener que “libertad significa, propiamente hablando, la ausencia de oposición (por oposición significo impedimentos externos al movimiento), puede aplicarse tanto a las criaturas irracionales e inanimadas como a las racionales”. En Hobbes, la libertad del individuo se reduce a aquella esfera que el soberano y las leyes no buscan controlar: “La libertad de un súbdito radica, por lo tanto, solamente, en aquellas cosas que en la regulación de sus acciones ha predeterminado el soberano” que incluye “la libertad de comprar y vender y de hacer, entre sí, contratos de otro género, de escoger su propia residencia, su propio alimento, un propio género de vida, e instruir sus niños como crea conveniente, etcétera”. Así, toda participación en el proceso político, la formulación de las leyes y formación de opinión quedan excluidas. Hobbes, de hecho, desprecia el concepto republicano o positivo de libertad (…) Muy diferente es la concepción de Spinoza, que está integralmente vinculada a su defensa de la democracia y la teoría radical de la tolerancia, así como su sistema filosófico integral (…) En el Tratado teológico-político, Spinoza, en concordancia con el pensamiento político de Johan y Pieter de la Court (cuyas modificaciones a las ideas de Hobbes apoyaba ampliamente) y Van den Enden, sitúa a la república democrática, por encima de la monarquía y la aristocracia, como el mejor tipo de gobierno, porque es la forma de Estado “más natural” y se aproxima más a esa libertad que asegura la naturaleza a cada hombre. En una democracia, la libertad se acrecienta cuando uno es consultado y puede participar en algún grado en la toma de decisiones, cualquiera que sea el estatus social y antecedentes educativos que tenga, por medio del debate, la expresión de las opiniones y el mecanismo del voto. “En este sentido, siguen siendo todos iguales, como antes en el estado natural” (…) Desde la perspectiva de Spinoza, dado que el derecho del Estado es el poder del Estado y no es posible controlar las mentes de los hombres, es esencial que el Estado no intente hacerlo: “Si nadie puede renunciar a su libertad de opinar y pensar lo que quiera, sino que cada uno es, por el supremo derecho de la naturaleza, dueño de sus pensamientos, se sigue que nunca se puede intentar en un Estado, sin condenarse a un rotundo fracaso, que los hombres sólo hablen por prescripción de las supremas autoridades, aunque tengan opiniones distintas y aun contrarias”. Además, el propósito último del Estado, insiste Spinoza, cualesquiera abusos que puedan ocurrir en la realidad, “es, pues, la libertad” (finis ergo reipublicae revera libertas est). Cuando se conforma el Estado, cada sujeto renuncia a su derecho a actuar como le place, pero no a su derecho a razonar y juzgar por sí mismo y, puesto que cada uno tiene este derecho, se entiende que todos también retienen el derecho (y el poder) de hablar libremente y expresar sus puntos de vista personales sin que esto perjudique al Estado (…) Hacia el final de su Tratado teológico-político, Spinoza aborda lo que para él personalmente era la prioridad más urgente en el debate sobre la tolerancia: la cuestión de la libertad para publicar puntos de vista sin importar cuán desagradables fueran para algunos o la mayoría de los segmentos de la sociedad. Indudablemente, ninguna otra teoría en la Alta Ilustración aprueba la libertad total para publicar, ni la de Le Clerc, la de Locke, ni la de Bayle. Aquí también encontramos una brecha que separa a Spinoza de Hobbes. Pues Hobbes considera que “es inherente a la soberanía el ser juez acerca de qué opiniones y doctrinas son adversas y cuáles conducen a la paz; y por consiguiente, en qué ocasiones, hasta qué punto y respecto de qué puede confiarse en los hombres, cuándo hablan las multitudes, y quién debe examinar las doctrinas de todos los libros antes de ser publicados”. No obstante, mientras Hobbes sostiene que “en el buen gobierno de las opiniones consiste el buen gobierno de los actos de los hombres respecto a su paz y concordia”, Spinoza enseña que mientras el individuo debe someterse a la soberanía en lo que respecta a sus acciones, es libre de pensar, juzgar y expresar sus puntos de vista, tanto verbalmente como por escrito. Todos los intentos de reprimir la expresión de los puntos de vista y censurar los libros, reprende Spinoza, no sólo reducen la libertad legítima, sino que ponen en riesgo al Estado. El antagonismo entre los protestantes y contraprotestantes, que llevó a la república holandesa al borde de la guerra civil en 1618, deja “más claro que la luz del día que son más cismáticos quienes condenan los escritos de otros e instigan, con ánimo sedicioso, al vulgo petulante contra los escritores, que estos mismos escritores, que sólo suelen escribir para los hombres cultos y sólo invocan en su apoyo a la razón”. Recapitulando, al final del Tratado teológico-político, Spinoza concluye que “nada es más seguro para el Estado que el que la piedad y la religión se reduzcan a la práctica de la caridad y la equidad; y que el derecho de las supremas potestades, tanto sobre las cosas sagradas como sobre las profanas, sólo se refiera a las acciones y que, en el resto, se concede a cada uno pensar lo que quiera y decir lo que piense».
La incomodidad que en la mente de un fanático islamita puede causar las implicaciones del pensamiento libertario de Baruch Spinoza se intensifica cuando conocemos por intermedio de Jonathan Israel la opinión del filósofo holandés en torno al islam: «El mismo Spinoza, en sus cartas describe a Mahoma como “acertado y lucrativo” y al islam como incluso mejor equipado que la Iglesia católica romana “para la coerción espiritual de los hombres y el engaño del vulgo”, y en consecuencia, como la más unificada y coherente de todas las religiones reveladas».
En cuanto a la matanza perpetrada en la sede de Charlie Hebdo va dirigida contra dos valores de la civilización occidental (la misma que detuvo la expansión musulmana en el año 732 al triunfar las tropas de Carlos Martel en la batalla de Tours): la república laica y el principio de la libertad de expresión.
París, teatro de revoluciones y movimientos populares, es la capital de una nación con una rica tradición cultural, en la que expresiones humorísticas como la sátira y la caricatura no desmerecen, en trayectoria, cuando se les compara con el resto de las manifestaciones artísticas. El caricaturista Philipon, con su aún recordada ridiculización del rey Luis Felipe como el rey Pera, obró con la misma valentía que animó a Voltaire, Rabelais, Boileau y Ronsard en su infatigable campaña contra los fanatismos religiosos.  
En el caso específico de Voltaire, uno de los padres de la Ilustración moderada, consideró al islamismo como un credo más tolerante que la religión católica, pero en más de una ocasión, y a pesar de elogios tempranos, escribió textos críticos de Mahoma como líder espiritual. Llegados a este punto citamos nuevamente a Karen Armstrong: «Durante el siglo XVIII hubo quienes intentaron promover un mejor entendimiento del islam. Así pues, en 1708 Simon Ockley publicó el primer volumen de su Historia de los sarracenos, que disgustó a muchos de sus lectores porque no presentaba el islam reflexivamente como la religión de la espada, sino que intentaba ver la yihad del siglo VII desde el punto de vista musulmán. En 1734 George Sale publicó una excelente traducción inglesa del Corán que todavía se considera fiel, pese a ser un poco aburrida. En 1751 Voltaire publicó Las costumbres y el espíritu de las naciones, obra en la que defendía a Mahoma como un profundo pensador político fundador de una religión racional; Voltaire señalaba que el sistema de gobierno musulmán siempre había sido más tolerante que la tradición cristiana. El orientalista holandés Johan Jakob Reiske (muerto en 1774), un incomparable estudioso de la lengua árabe, podía ver cierta cualidad divina en la vida de Mahoma y en la creación del islam (pero fue acosado por algunos de sus colegas por sus opiniones). Durante el siglo XVIII comenzó a extenderse el mito que presentaba a Mahoma como un legislador sabio y racional de la Ilustración. Henri, conde de Boulainvilliers, publicó su Vie de Mahomed (París, 1730; Londres, 1731), que describía al Profeta como precursor del Siglo de Las Luces. Boulainvilliers coincidía con los estudiosos medievales en que Mahoma se había inventado su religión a fin de convertirse en el dueño del mundo, pero le dio la vuelta a esta tradición. A diferencia del cristianismo, el islamismo era una tradición natural, no revelada, y por esta razón resultaba tan admirable. Mahoma fue un gran héroe militar, como Julio César y Alejandro Magno. Ésta fue otra fantasía porque Mahoma no fue un deísta, pero al menos constituía un intento de ver al Profeta desde una perspectiva positiva. A finales de siglo, en el quincuagésimo capítulo de Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, Edward Gibbon alabó el elevado monoteísmo del islam y demostró que la aventura musulmana merecía ocupar un lugar en la historia de la civilización mundial. Pero los antiguos prejuicios estaban tan arraigados que muchos de estos escritores no pudieron resistirse a atacar ocasionalmente al Profeta de forma gratuita, demostrando que la imagen tradicional seguía vigente. Así, Simon Ockley describió a Mahoma como “un hombre muy hábil y astuto, que aparentaba sólo aquellas cualidades, mientras que los principios de su alma eran la ambición y la lujuria”. George Sale admitió en la introducción a su traducción que “es ciertamente una de las pruebas más convincentes de que el mahometanismo no era sino una invención humana, que debe su progreso y establecimiento casi enteramente a la espada”. Al final de Las costumbres, Voltaire concluyó su descripción positiva del islam con la observación de que Mahoma había sido “considerado como un gran hombre incluso por aquellos que sabían que era un impostor, y venerado como profeta por todos los demás”. En 1741, en su tragedia Mahoma o el fanatismo, Voltaire se aprovechó de los prejuicios vigentes para poner a Mahoma como paradigma de todos los charlatanes que han sometido a su pueblo a la religión mediante engaños y mentiras: al considerar que algunas de las viejas leyendas no eran lo bastante difamatorias, Voltaire se inventó alegremente algunas más».
Puede cuestionarse que una persona abulte o deforme los rasgos de una personalidad pública. Sin embargo, es sabido que la caricaturización, como variante del humor político, se basa en el recurso de la exageración. La sátira («el género de los hombres libres», en opinión del poeta latino Persio) nace de dos impulsos humanos: la risa y la protesta. Siempre dirige sus dardos contra el pensamiento único, la rigidez de la existencia, el culto acrítico del pasado, la estupidez institucionalizada y el envanecimiento de los poderosos. No puede ser discursiva ni dialéctica; y siempre deberá abstenerse de argumentar las razones por las que se considera pernicioso algo o alguien.
Para el estudioso Mathew Hodgart existen cuatro condiciones que favorecen el surgimiento de la sátira en una sociedad: 1) cierto grado de libertad de palabra; 2) una disposición de las clases educadas para intervenir en los asuntos de la comunidad; 3) la convicción de los autores de influir efectivamente en el debate político o la discusión religiosa; y 4) la existencia de un público deseoso de disfrutar de la imaginación y el ingenio artísticos. No basta que el mensaje satírico contenga un núcleo de carga ofensiva. Se requiere, además, de un elemento imaginativo, una recreación de la realidad existente, que trastoque los códigos sociales o religiosos y divierta al público. «En la farsa transgresora se enmarca el empleo de la blasfemia, la obscenidad y la escatología, tan propio de la  tradición satírica», explica Eduardo Moga en Los versos satíricos.
Aparte de los expedientes de la exageración y la obscenidad, la sátira se vale de medios como la ironía (dar a entender lo contrario de lo que se dice), la caricatura (deformación humorística de los rasgos de una persona, ridiculización de una situación), el aforismo (sentencia que recoge un principio o juicio moral), el epigrama (composición poética breve que transmite un pensamiento festivo), el libelo (escrito con intención ofensiva), la farsa (visión fantástica), la invectiva, la alegoría (sucesión de metáforas e imágenes simbólicas), la fábula (narración breve, protagonizada por animales, en la que se denuncian los vicios y errores humanos), el viaje imaginario, la utopía y la reducción de la víctima. Acerca de esta última modalidad, Eduardo Moga señala: «Hay, en fin, otras formas de reducción: la parodia, que recae especialmente en la propia literatura, y que consiste en la imitación burlesca del estilo o los temas de otro escritor —algo que nuestros poetas del Siglo de Oro hicieron con fruición—, y la destrucción del símbolo, en virtud de la cual se despoja a éste de su significación colectiva y trascendente, y se lo presenta como lo que es, en su más estricta y vulgar materialidad, por ejemplo, una cruz como un pedazo de madera. Las iglesias y los ejércitos son los grupos más sensibles a este tipo de sátira, y los librepensadores de todas las épocas —la sátira siempre hurga en lo que más duele— la han practicado abundantemente».
Las obras teatrales de Aristófanes son quizás los documentos satíricos más antiguos. Los historiadores destacan las piezas Los acarnienses y Los caballeros como ejemplos de desafío frontal al poder constituido, dado que en ambas piezas la figura ridiculizada es el demagogo Cleón. La tradición oral recuerda que debido al fuerte contenido crítico de Los caballeros, los fabricantes de máscaras se negaron a reproducir el rostro del personaje de Cleón, que debió ser interpretado por el propio autor. En la cultura latina la sátira tiene sus mayores exponentes en Ennio, Lucilio, Horacio, Persio, Marcial y Juvenal.
En un plano menos artístico, conviene mencionar en este breve resumen la costumbre militar denominada carmina triumphalia (poemas triunfales), consistente en cantos de burla, más o menos improvisados por la tropa, para mofarse de los vicios y defectos de los generales romanos. Un ejemplo rescatado de la época es la estrofa dedicada al emperador Julio César, famoso por su calvicie y su furor sexual: «A casa traemos al calvo follador / doncellas romanas, atrancad vuestras puertas / pues el oro romano que le enviasteis / se fue en pagar a sus putas galas».
Vista bien, la sátira es como ese esclavo, trepado a la cuadriga del poder, que mientras acompaña al general victorioso en su marcha rumbo al Capitolio le susurra al oído la frase «memento mori» (recuerda que eres mortal).
«La sátira vuelve frágiles a sus destinatarios y, al hacerlo, contribuye a quitarles algo fundamental para seguir en el poder: el respeto de los miembros de su comunidad. Por ello —porque los poderosos saben lo dañina que es— nunca ha sido fácil ejercerla. Matthew Hodgart opina que “los enemigos de la sátira son la tiranía y la intolerancia” y que “la sátira política necesita cierta dosis de libertad, el ambiente de las grandes ciudades y cierta sofisticación…”. Discrepo parcialmente de esta opinión: la sátira puede practicarse, y de hecho se ha practicado, en cualquier circunstancia, aun bajo la opresión más insoportable. Adoptará entonces formas más sutiles, se cargará de anonimia o de clandestinidad, se limitará a aguijonazos fugaces, y sufrirá, con todo, crueles contragolpes, pero se dará (…) Es preciso señalar, por último, que no toda la sátira política se ejerce contra el poder, también se práctica desde el poder, contra quienes quieren suplantarlo, La sátira defiende siempre un ideal, y también los poderosos —sus gabelas bien valen el esfuerzo— construyen modelos de pensamiento, abrevaderos ideológicos, justificaciones, utopías. El conservadurismo se ha valido de la sátira para protegerse de la expugnación, y como arma de contraataque», reflexiona Eduardo Moga en Los versos satíricos.
Es comprensible el interés de diferentes sectores de la sociedad por apropiarse del humor como herramienta discursiva. En su obra De institutione oratoria el rétor Quintiliano sostiene que en los debates serios el humor siempre es necesario. El estallido de la risa funciona como un arma letal, porque revela que se ha logrado ridiculizar los argumentos del oponente, se los ha tornado absurdos e irrelevantes. Adelino Cattani, en su libro Los usos de la retórica, señala que una réplica ingeniosa rinde múltiples beneficios para el polemista: tranquiliza el ambiente y reduce las tensiones, reaviva el interés, atestigua el ingenio de quien sabe emplearla, funciona como mecanismo de promoción personal, produce en el auditorio una corriente de simpatía y establece una relación de complicidad y connivencia, entretiene e incluso divierte, y contribuye a rebajar al adversario, incluso dejarlo en ridículo.
«La persuasión que se logra —cuando se logra— con el humor es muy rápida, pero en esta materia el humor debe cogerse con pinzas. Para convertirse en argucia argumentativa o en argumento agudo el humor ha de ser pertinente y expresivo y cuidarse mucho de parecer intempestivo y superficial», advierte Cattani.
El empleo del humor caricaturesco, propio de la ridiculización como mecanismo de defensa, está descrito de un modo impecable en el siguiente pasaje de la novela Maestros antiguos, escrita por el novelista austríaco Thomas Bernhard: «Al fin y al cabo es también un método, dijo, convertirlo todo en caricatura. Un gran cuadro importante, dijo, sólo lo soportamos cuando lo hemos convertido en caricatura, a un gran hombre, a una, así llamada, personalidad importante, no lo aguantamos al primero como gran hombre, ni a la segunda como personalidad importante, dijo, tenemos que caricaturizarlos (…) La mayoría de los seres humanos, sin embargo, son incapaces de caricaturizar, lo contemplan todo hasta el final con terrible seriedad, dijo, y no se les ocurre la idea de hacer una caricatura (…) Uno tiene que tener la fuerza de convertir el mundo en caricatura, dijo, la enorme fuerza de espíritu, dijo, que hace falta para ello, esa única fuerza de supervivencia, dijo. Sólo lo que encontramos finalmente ridículo lo dominamos también, sólo cuando encontramos ridículo el mundo y la vida en él progresamos, no hay otro método, ninguno mejor. En un estado de admiración no aguantamos mucho tiempo y nos hundimos si no rompemos con ese estado a tiempo».
Para evitar el temido ridículo no hay mejor estrategia que ripostar con una réplica ingeniosa, rica en ironía, compuesta de finas e impensadas asociaciones mentales; una respuesta que consiga modificar el significado del razonamiento ajeno para convertirlo de manera sorpresiva en un bumerán para su propio autor. Pero tal posibilidad está negada de plano a un fanático, un ser desprovisto del sentido del humor. Por eso, la bomba y la metralla, la fatua y la excomunión…
«Jamás he visto en mi vida a un fanático con sentido del humor. Ni he visto que una persona con sentido del humor se convirtiera en un fanático, a menos que él o ella lo hubieran perdido. Con frecuencia, los fanáticos son muy sarcásticos y algunos tienen un sarcasmo muy sagaz, pero nada de humor. Es relativismo, es la habilidad de verse a sí mismo como los otros te ven, de caer en la cuenta de que, por muy cargado de razón que uno se sienta y por muy terriblemente equivocados que estén los demás sobre uno, hay cierto aspecto del asunto que siempre tiene su pizca de gracia. Cuanta más razón tiene uno, más gracioso se vuelve. Uno puede ser un israelí cargado de razón, un palestino cargado de razón o cualquier cosa cargada de razón. Con sentido del humor, puede que además uno sea más parcialmente inmune al fanatismo», reflexiona el escritor Amos Oz en su ensayo« Sobre la naturaleza del fanatismo».
El fanático no actúa solo ni lleva adelante su accionar intolerante en medio de la nada. Es el producto más acabado de un orden social, de carácter cerrado y jerárquico, cuyo principal objetivo es la eternización de una estructura de dominación. Es frecuente que la clase dirigente de un orden social cerrado muestre una obsesión por proyectar al mundo exterior una falsa imagen de funcionamiento democrático y de respeto a principios de raigambre moderna como la libertad de expresión. La adopción del disimulo como suerte de imperativo categórico presenta como consecuencia la imposibilidad por parte de cualquier autoridad (castrense, política o religiosa) de manifestar de manera abierta el malestar causado por los efectos desacralizadores de la sátira y otras expresiones humorísticas. Reacciones como la respuesta sincera, el comentario virulento o la acción intimidatoria únicamente pueden ser observadas por los sectores más fanatizados entre los miembros de la base de adeptos. 
La máxima autoridad se apresura a condenar, en términos inequívocos, cualquier apelación a la violencia, pero también a calificar de comprensible el sentimiento de rabia e indignación que oprime el alma del fanático y lo lleva a arremeter contra el infiel. Así vemos al Papa Francisco expresar su repudio al atentado en la sede de la revista Charlie Hebdo, para acto seguido deslizar el derecho a agredir a quienes insultan a nuestra madre (y no hay que olvidar que la Iglesia es la madre de los creyentes). También podemos apreciar como el cardenal Jorge Liberato Urosa Savino, arzobispo de Caracas, encuentra normales las alusiones divinas hechas por Nicolás Maduro en medio de una actividad política (la intervención anual ante la Asamblea Nacional), pero no oculta su desagrado por la licencia tomada por Laureano Márquez en un escrito de opinión de tono humorístico («Los venezolanos tenemos también derecho de opinar sobre el desempeño del presidente en cumplimiento de sus funciones, y sobre la significación de sus palabras referidas a la providencia divina. Muy bien, hagámoslo. Pero no hablemos o escribamos como si fuéramos Dios. Podemos opinar y criticar en uso de nuestra legítima libertad de expresión. Pero en nombre  propio, sin tomar ni siquiera en broma el puesto de Dios. Respetémoslo, por favor»), sostuvo en un breve comunicado.
Como toda variante de una secta religiosa («las religiones son cruzadas contra el humor», advirtió Ciorán), la revolución bolivariana tiene un amplio historial de persecución y hostigamiento a destacados humoristas, como el fallecido Pedro León Zapata, Rayma, Weil, Edo, Alejandra Otero, Gilberto González, Luis Chataing y Laureano Márquez. El actual enemigo de los hijos de Chávez es Vladdo, caricaturista de la revista colombiana Semana, quien publicó un dibujo satírico titulado «Reevolución bolivariana», donde el escudo venezolano presenta una alteración de sus partes y puede apreciarse un caballo desnutrido, cornucopias vacías, armas melladas y ramilletes secos.
En una carta donde se cita al Papa Francisco, la embajada de Venezuela en Bogotá oficializó su rechazo al dibujo de Vladdo. En esta misiva puede leerse: «Esa caricatura es un acto incivil, un profundo irrespeto, que no sólo demuestra desprecio por la venezolanidad, sino una intolerancia que se arropa en el derecho de la libre expresión (…) Esta ilustración irrespeta la memoria de nuestros antepasados, maltratando el patrimonio común que la historia nos ha regalado, del cual Colombia también forma parte en su simbología y alegoría como Estado-Nación. Nos preguntamos: ¿esta sátira ha sido realmente inocente? ¿No es esta una forma de hacerse eco de sectores malintencionados y tendenciosos que se han situado al margen de la ley, estimulando la desestabilización, alentando a una guerra económica y atentando contra la paz social de Venezuela?».
Llama la atención que aquellos que modificaron el nombre y el escudo del país exijan hoy respeto a los símbolos patrios. También que quienes, según la organización no gubernamental Espacio Público, el año pasado perpetraron 579 violaciones a la libertad de expresión (145 casos de censura, 93 agresiones, 88 intimidaciones, 71 descalificaciones verbales, 39 hostigamientos judiciales, 30 ataques, 26 restricciones administrativas y una muerte) se afanen por presentarse como exégetas del principio de la libre divulgación de las ideas y de las opiniones (en su informe, Espacio Público identifica tres patrones de censura: reducción en el espacio noticioso de denuncias hechas por fuentes de periodistas; invisibilidad de líderes políticos de la oposición y cambio de títulos y modificaciones en informaciones y reportajes). ¡Puro descaro!
La arremetida de Nicolás Maduro contra Vladdo, pero también la persecución de Rafael Correa contra Bonil, ponen de manifiesto que en el ámbito del «progresismo latinoamericano» los humoristas son personas no gratas. Un sentimiento compartido por los intelectuales comprometidos que brindan un soporte ideológico a los regímenes autoritarios. Entre estos «pensadores» abundan quienes sostienen, al igual que David Brooks, columnista conservador del diario The New York Times, que, en términos de simbolismo social, a individuos como los bufones, los excéntricos y los humoristas satíricos les corresponde sentarse en la mesa de los niños y su voz tiene que ser escuchada con un «semirrespeto desconcertado», porque todo aquel sujeto deseoso de ser escuchado con detenimiento debe ganarse ese privilegio con su conducta. El error de este razonamiento consiste en considerar el humor como la antítesis de lo serio, cuando un somero recorrido por la tradición humanista bastaría para corroborar que el humor sólo se opone a lo solemne como risible y envanecida escenificación de la teatralidad del poder absoluto.

En palabras de Laureano Márquez: «El humorismo es inapelable porque es manifestación pura del ingenio. Sólo puede ser combatido con una manifestación de ingenio superior a la recibida, cosa que —obviamente— le resulta imposible al poder. Cuando éste sólo cuenta con la fuerza bruta para aplacar la disidencia, cuando la intolerancia y la arbitrariedad se instalan, todo el mundo es perseguido, pero particularmente los humoristas, porque son los únicos que tienen herramientas para vencer las barreras de la censura. De hecho, el humor cuánto más se le persigue, mayor es su fuerza, cuánto más se le censura más cosas dice y cuánto más se le acorrala, más libres es, porque el ingenio no tiene fronteras, límites, ni barreras, no lo frenan los barrotes ni le hieren las balas. El humorismo es el último reducto de la libertad cuando ya se ha perdido en los demás espacios».

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viernes, enero 09, 2015

La fiesta de la insignificancia

En ocasiones la historia sorprende a los hombres con la coincidencia en una misma persona de dos facetas en apariencia antitéticas: la del comediante y la del mandatario. El caso más antiguo del que tengamos noticias corresponde al tirano Agatocles (Siracusa, 30 a.C.), quien, «bufón y mimo por naturaleza», consiguió la popularidad entre sus gobernados gracias a su capacidad para imitar a los asistentes a las reuniones de la asamblea.
El humor tiene en común con el poder que siempre se ejerce en contra de alguien. Su disfrute precisa de una víctima. En el orden individual, la burla, como hostilidad disfrazada, suele orientarse hacia los miembros de los estratos superiores (las autoridades); mientras que en el ámbito colectivo, los chistes buscan escarnecer a los sectores de la sociedad tenidos como rivales o minoritarios.
Esta enigmática dualidad de la risa (medio de protesta personal y mecanismo de cohesión grupal), aunada a su reputación social como herramienta incruenta de dominio y fascinación (ambicionada tanto por poderosos como por impotentes), recorre las páginas de La fiesta de la insignificancia (Tusquets, 2014) e ilumina las muchas reflexiones de su autor, el novelista checo Milan Kundera.
La fiesta de la insignificancia puede ser analizada desde la perspectiva de la crítica literaria tradicional. Siete capítulos cortos, redactados con una prosa ágil y burlesca, apoyada en intertítulos que condicionan la atención de los lectores. Un narrador omnisciente —«el maestro»— que relata la historia de cuatro amigos de edad madura: Alain, Ramón, Calibán y Charles, y su relación con un hombre narciso y mentiroso llamado D̕ Ardelo. Numerosos paseos a pie por parques y bulevares despiertan en los personajes una tendencia a la meditación y al ensayo de teorías de índole surrealista o de franca inanidad. Además, los ángeles caídos de la ausencia y la derrota, ambos muy latentes en los acontecimientos contenidos en el entramado de relatos, determinan el tono sentimental necesario para la aparición del chiste y la ironía («el humor es, sobre todo, un asunto de perdedores», nos recuerda Daniel Samper Pizano en su escrito póstumo en honor a Chespirito).
La novela tiene dos planos de significación: el primero, viene dado por las acciones físicas de los personajes; el segundo, por las ideas que sobre el humor, el poder, la rebeldía, la felicidad y la sabiduría plantea con mucho arte Milan Kundera. El resultado es una lectura rápida y entretenida de un texto corto, cuyo placer se disipa con cierta inmediatez y es sustituido, al cabo de unos días, por un ánimo introspectivo, que nos advierte de la profundidad de aquello que presumíamos banal y ligero. La insignificancia celebra unas fiestas que no se agotan en una noche.
Alain, un hijo rechazado por su madre, un hombre maduro liado románticamente con una chica mucho más joven, recorre las calles parisinas con la mente engolfada en dos curiosas obsesiones: la recreación de una teoría del ombligo como objeto de deseo («en el cuerpo erótico de la mujer, algunos lugares son excelsos: siempre creí que eran tres: los muslos, las nalgas, los pechos. Y luego un día comprendí que había que añadirle un cuarto lugar: el ombligo […] Los muslos, los pechos, las nalgas adquieren en cada mujer una forma distinta. Estos tres lugares excelsos no son pues tan sólo excitantes, expresan al mismo tiempo la individualidad de una mujer. No puedes equivocarte acerca de las nalgas de la mujer que amas. Reconocerías entre cien las nalgas amadas. Pero no puede identificar a la mujer que amas por su ombligo. Todos los ombligos son iguales») y la reconstrucción de las circunstancias que signaron el abandono materno.
Abrumado por sus cavilaciones, Alain deambula por aceras y avenidas sin reparar en los demás transeúntes, a quienes acostumbra tropezar y ofrecer disculpas: «¿Por qué siempre ese estúpido reflejo de pedir perdón? (... ) Sentirse o no sentirse culpable. Creo que todo radica en eso. La vida es una lucha de todos contra todos. Es sabido. Pero ¿cómo puede darse esa lucha en una sociedad más o menos civilizada? No deberíamos tirarnos unos contra otros a primera vista. En cambio, intentamos proyectar en los demás el oprobio de la culpabilidad. Vencerá el que consiga hacer que el otro se sienta culpable. Perderá el que confiese su culpa. Vas por la calle inmerso en tus pensamientos. Caminando hacia ti, viene una chica que, como si estuviera sola en el mundo, sin mirar a los lados, camina recto hacia adelante. Chocáis. Éste es el momento de la verdad. ¿Quién insultará al otro, y quién pedirá perdón?».
Una vez presentado a los lectores el meditabundo Alain, toca el turno a D̕ Ardelo, quien, a tres semanas para su cumpleaños, acude a la consulta del médico para conocer los resultados de un examen oncológico. Corre con suerte. Con lágrimas en los ojos decide celebrar la vida que prosigue. Da un paseo corto por los jardines de Luxemburgo. Allí se encuentra con Ramón, un sujeto que no goza de su afecto. En medio de un diálogo que nunca procuró, se le ocurre la idea tremendista de confesarse víctima de cáncer. Se hace un silencio que rompe con bromas y una improvisada solicitud para que organice la que pudiese ser su última fiesta de cumpleaños («las chácharas ligeras y alegres convierten al hombre trágicamente enfermo en un ser aún más atractivo y admirable»). D̕ Ardelo, el galán fracasado que gracias a sus interminables exhibiciones verbales ha terminado por revelar la inutilidad de ser brillante, se marcha entre risas («Es algo más que inutilidad. La nocividad. Cuando un tipo brillante intenta seducir a una mujer, ésta tiene la impresión de entrar en una competición. Ella también se siente obligada a deslumbrar. A no entregarse sin resistencia. Mientras que la insignificancia la libera. La descarga de precauciones. No exige ninguna agudeza. La despreocupa y, por tanto, la hace más fácilmente accesible»).
Ramón, propietario de una agencia de festejos, no puede con el secreto. Quiere compartir la exclusiva. Calibán y Charles lo reciben en su hogar. Calibán, aparte de su amigo, es su empleado, un actor en decadencia que, debido a la escasez de papeles dramáticos de relevancia, trabaja como mesonero a destajo; es en las fiestas y celebraciones donde se permite interpretar un inmigrante paquistaní con nulo manejo de la lengua francesa, acaso para no perder del todo sus destrezas histriónicas. Por su parte, Charles es dramaturgo y se encuentra embarcado en la fase final de una obra teatral para títeres, basada en un episodio de las memorias de Nikita Jrushchov: la historia de las 24 perdices. Aquí es el punto donde los dos planos se superponen.
Stalin confía a sus colaboradores la siguiente anécdota: «Un día decidí ir de caza. Me puse una vieja parka, me calcé unos esquíes, cogí un fusil de caza y recorrí trece kilómetros. De pronto, ante mí, vi unas perdices en las ramas de un árbol. Me detuve y las conté. Había veinticuatro. ¡Vaya mala pata! Sólo me había llevado doce cartuchos. Disparé, maté a doce, luego di media vuelta, recorrí otra vez los trece kilómetros hasta mi casa y cogí otra docena de cartuchos. Recorrí una vez más los trece kilómetros hasta las perdices, que seguían en las ramas del mismo árbol. Y por fin las maté a todas».
A pesar de que el empleo de la hipérbole por parte de Stalin pone de manifiesto el carácter cómico de la anécdota, ninguno de los colaboradores se ríe. Por el contrario, califican de absurda la situación y aborrecen la mentira del gran líder. Aquellos esclavos de las verdades materialistas de la Historia no recuerdan la manera tradicional como se enuncia un chiste. Ha empezado, de este modo, la «era de la posbroma», un tiempo donde el humor es desprovisto de su carácter subversivo, como resultado de las interpretaciones literales de los agelastas y demás esclavos de la verdad. El triunfo final del fanatismo sobre la inteligencia.
Algo de esto intuye Ramón cuando le comenta a Calibán: «El placer de la mistificación debía protegeros. Ésa fue de hecho nuestra estrategia, la de todos nosotros. Comprendimos desde hace mucho que ya no era posible subvertir el mundo, ni remodelarlo, ni detener su pobre huída hacia delante. Sólo había una resistencia posible: no tomarlo en serio. Pero me doy cuenta que nuestras gracias ya perdieron todo su poder».
El pesimismo parece determinar el final de la obra para guiñol. Los amigos acusan el golpe del desamor y la fortuna. Aunque el tono sentimental no llega a la depresión. Los hombres tienen la posibilidad de dejar de ser actores de un drama sin final feliz. Sólo tienen que negarse a  tomar en serio aquello que les acontece.
Al final de la novela, los falsos amigos vuelven a encontrarse en el Jardín de Luxemburgo. Allí Ramón comparte con el «moribundo» D̕ Ardelo el secreto de la vida: «La insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento. Está presente incluso cuando no se la quiere ver: en el horror, en las luchas sangrientas, en las peores desgracias. Se necesita con frecuencia mucho valor para reconocerla en condiciones tan dramáticas y para llamarla por su nombre. Pero no se trata tan sólo de reconocerla, hay que amar la insignificancia, hay que aprender a amarla. Aquí en este parque, ante nosotros, mira, amigo mío, está presente con toda su evidencia, toda su inocencia, toda su belleza. Sí, su belleza. Como has dicho tú mismo: la animación es perfecta, y totalmente inútil, los niños que ríen, sin saber por qué, ¿acaso no es hermoso? Respira, D̕ Ardelo amigo mío, respira esta insignificancia que nos rodea, es la clave de la sabiduría, es la clave del buen humor».

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viernes, diciembre 19, 2014

Un pedigrí

El italiano Claudio Magris, en sus palabras de recepción del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, expuso ante los presentes en el auditorio «Juan Rulfo» las razones por las que un novelista se deja seducir por la escritura.
«¿Por qué se escribe? Por tantas razones: por amor, por miedo, como protesta, para distraerse ante la imposibilidad de vivir, para exorcizar un vacío, para buscarle un sentido a la vida. A veces para establecer un orden, otras para deshacer un orden preestablecido; para defender a alguien, para agredir a alguien. Para luchar contra el olvido, con el deseo —tal vez patético pero grande y apasionado— de proteger, de salvar las cosas y sobre todo los rostros amados, de la abrasión del tiempo, de la muerte. Escribir es también un intento de construir un Arca de Noé para salvar todo lo que amamos, para salvar —deseo vano e imposible, quijotesco pero inextirpable— cada vida», confiesa Magris en su discurso.
Con esta reflexión como fondo, podemos aventurar que entre todos los escritos firmados por Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945), el más reciente ganador del Premio Nobel de Literatura, sólo hay uno donde los lectores pueden subirse como polizones al arca diseñada durante tanto años por el afamado novelista francés; un único texto donde pueden recorrerse los pasillos interiores de la embarcación y posar la mirada en los seres fantasmales acomodados en los espacios más precarios.
En Un pedigrí (Anagrama, 2007) Patrick Modiano cumple con justicia las exigencias planteadas a los autores de obras de carácter autobiográfico. El narrador se detiene tanto en los momentos de fugaz felicidad como en los instantes de miseria; aquellos que, a pesar de su finitud, son sentidos como eternos. Los párrafos se suceden para arrojar luz sobre el origen y las oscuras circunstancias que lo hicieron posible. Todo ello potenciado con los rasgos más prominentes del estilo Modiano: tendencia al relato directo, adopción de un tono impasible —a ratos distante—,  sobriedad en el uso de los recursos estéticos, rigor obsesivo por la ubicación exacta de las calles donde suceden las acciones y, por último, esmero en la recreación del espíritu de la época (los tiempos decadentes de la ocupación de Francia por los nazis).
Puestos a testimoniar la limpia ejecución del quehacer literario, un solo factor arruina la catalogación de Un pedigrí como una solvente novela corta: en sus páginas no se suspende el juicio moral. Patrick Modiano no se abstiene de sentenciar quiénes son los buenos y quiénes son los malos, quienes se alegraban por su compañía y quienes se afanaban en mantenerlo alejado de París.
«Vacaciones de Todos los Santos de 1961. La calle Royale de Annecy bajo la lluvia y la nieve derretida. En el escaparate de la librería la novela de Moravia El tedio con aquella faja: “Y su diversión: el erotismo”. Durante estas vacaciones grises de Todos los Santos leo Crimen y castigo y eso es lo único que me reconforta. Cojo la sarna y voy a ver a una doctora cuyo nombre he encontrado en la guía de teléfonos de Annecy. El estado de debilidad en que me hallo parece asombrarla. Me pregunta: “¿Tiene usted padres?”. Ante esa solicitud y esa ternura maternal tengo que contenerme para no echarme a llorar», evoca la voz autobiográfica de Un pedigrí.
En la Francia de la ocupación nazi dos almas con sueños de grandeza se conocen y se casan. Ella, una actriz de medio pelo («una chica bonita de corazón seco»), nacida en Bélgica, que jamás conseguirá un papel de importancia. Él, un sujeto enigmático, de origen judío, dado a mantener amistades extrañas e incursionar en el mercado negro con negocios de suerte varia («mis pobres padres, que no me aportaban el menor apoyo moral y me ponían entre la espada y la pared»). Se mudan al sexto distrito de París, en el Muelle de Ponti, donde ocupan dos habitaciones de un viejo edificio. Tienen dos hijos: Patrick y su hermano Rudy Modiano, quien fallece en 1957.
«Dejando aparte a mi hermano Rudy y su muerte, creo que nada de cuanto cuente aquí me afecta muy hondo. Escribo estas páginas como se levanta acta o como se redacta un currículum vitae, a título documental y, seguramente, para liquidar de una vez una vida que no era la mía. Sólo es una simple y fina capa de hechos y gestos.  No tengo nada que confesar y no siento afición alguna por la introspección ni por los exámenes de conciencia. Antes bien, cuanto más oscuras y misteriosas seguían siendo las cosas, más me interesaban. E intentaba incluso hallarle un misterio a aquello que no tenía ninguno. Los acontecimientos que rememoraré hasta mis veintiún años los he vivido en proyección trasera, ese procedimiento que consiste en hacer que vayan pasando en segundo plano paisajes mientras los actores se quedan quietos en el plató del estudio. Querría describir esa impresión que otros muchos sintieron antes que yo: todo desfilaba en proyección trasera y no podía aún vivir mi vida», escribe Modiano.
El joven Patrick estudia la primaria y parte de la secundaria en el colegio de orientación militar Le Montcel. Lo hace bajo la modalidad de internado. Allí conoce el rigor de la disciplina marcial: toque de diana al amanecer, enseñanza del orden cerrado, inspecciones nocturnas en la cuadra e imposición arbitraria de sanciones. En 1960 se escapa de la institución para buscar una chica de la que está enamorado: Kiki Daragane. La encuentra en un café de la calle Bonaparte. En lugar de un beso, recibe un consejo: devuélvete. Al llegar a Le Montcel el director le abre la puerta, pero lo expulsa al finalizar el año lectivo. Entonces, el padre lo mantiene alejado de París y lo interna en el colegio Saint-Joseph de Thônes, en la Alta Saboya. 
Patrick abomina la disciplina por sus resonancias castrenses; circunstancia que explica como meses después de aprobar la secundaria, y a pesar de una temprana pasión por la lectura (Verne, Dumas, Peyré, Conan Doyle, Lagerlöf, Stevenson, London, Twain, Kafka, Hemingway, Pavese, Dostoievski), decide abandonar el internado del liceo Henri-IV, donde estudiaba el curso preuniversitario de letras.
«En los meses siguientes, mi padre tiene que resignarse a que yo deje definitivamente los dormitorios de internado en los que ando metido desde los once años. Queda conmigo en cafés. Y rumia los agravios que tiene contra mi madre y contra mí. No consigo crear una intimidad entre nosotros. En todas esas ocasiones, no me queda más remedio que mendigarle un billete de cincuenta francos, que acaba por darme de muy mala gana y que le llevo a mi madre. A veces llego sin nada y mi madre monta en cólera. No tardé en esforzarme —alrededor de los dieciocho años y en los años siguientes— por traerle por mis propios medios esos malditos billetes de cincuenta francos,  que llevan la efigie de Jean Racine, pero sin conseguir desactivar esa agresividad y esa falta de benignidad que me había mostrado siempre. Nunca pude hacerle confidencias ni pedirle ayuda alguna. A veces, como un perro sin pedigrí y muy dejado de la mano de Dios, siento la tentación de escribir negro sobre blanco y con todo detalle cuanto me hizo padecer con su dureza y su inconsecuencia. Me callo. Y se lo perdono. Todo queda tan lejos ya…», anota Modiano.
La angustia por el vencimiento del alquiler no cesa. El joven Patrick roba libros en bibliotecas y en casas de particulares. Los vende, ayuda con los gastos y se guarda una calderilla para sentarse en cualquiera de los cafés de Montmartre. Lo incierto de su futuro despierta la preocupación del padre.
En una carta fechada el 3 de agosto de 1966 el enigmático Albert Modiano, padre del futuro nobel, escribe: «Querido Patrick: en caso de que decidieses hacer lo que te parezca y no atender mis decisiones, la situación sería la siguiente: tienes 21 años y, por lo tanto, eres mayor de edad. No soy ya responsable de ti. En consecuencia, no podrás esperar de mí ayuda alguna ni apoyo de ninguna clase, ni en lo material ni en lo espiritual. Las decisiones  que he tomado en lo que a ti se refiere son sencillas. Las aceptas o no las aceptas. No hay discusión posible. Renuncias a la prórroga antes del 10 de agosto para incorporarte al ejército el próximo mes de noviembre. Habíamos quedado en ir el miércoles por la mañana al cuartel de Reuilly para que renunciaras a la prórroga. Teníamos que encontrarnos allí a las doce y media. Te esperé hasta la una y cuarto y, siguiendo con tu habitual comportamiento de muchacho hipócrita y mal educado, no viniste a la cita y ni siquiera te tomaste la molestia de llamar por teléfono para disculparte. Puedo decirte que es la última vez que vas a tener la oportunidad de mostrarte así de cobarde conmigo. Así que puedes elegir entre vivir como quieras y renunciar por completo y de forma definitiva a mi apoyo o atenerte a mis decisiones. Tú decides. Puedo asegurarte, con total certidumbre, que, elijas lo que elijas, la vida te enseñará una vez más cuánta razón tenía tu padre».

Un mes antes de esta oscura profecía, Patrick Modiano había comenzado, en una terraza de un café en Lyon, la redacción de su primera novela.

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jueves, diciembre 18, 2014

El Ruletista

Un hombre envejecido se anima a dejar por escrito las páginas con las que aspira derrotar al olvido. En ellas revive la historia de un antihéroe surrealista quien, acosado y estimulado por un instinto autodestructivo, se empeña en alcanzar la ejecución perfecta de un juego clandestino: la ruleta rusa, competencia siniestra donde la muerte («gemelo negro que nace con nosotros») participa siempre como contendor solitario.
El relato comienza con el recuerdo de un amigo de la juventud. Un sujeto con brotes psicopáticos, de terrible suerte en los juegos de azar, propenso al delito y la violencia sexual, que luego de unos años de encierro carcelario reaparece convertido en un menesteroso que deambula por bares y tugurios.
«No tenía trabajo y los únicos lugares donde podías estar seguro de encontrarlo eran algunas tascas de mala muerte donde creo que, además, también dormía. Lo veías pasear de mesa en mesa, vestido con ese estilo inconfundible de los borrachos (Una chaqueta sobre la piel y el dobladillo de los pantalones barriendo la acera), pedir que lo invitaran a una jarra de cerveza. Asistí muchas veces a aquella farsa siniestra, para mí dolorosa pero al mismo tiempo divertida, a que lo sometían de vez en cuando algunos parroquianos de la taberna: le hacían venir a su mesa y le decían que conseguiría la cerveza si sacaba el palillo más largo de las dos cerillas que tenían en el puño. Y se morían de risa cuando sacaba siempre el palillo más corto. Nunca —estoy completamente seguro— se “ganó” una cerveza de esta forma», evoca el narrador de El Ruletista (Impedimenta, 2010), extraordinario texto del escritor rumano Mircea Cartarescu.
El recuento de las anécdotas del amigo caído en desgracia abre paso a la recreación de una visita inesperada a los bajos fondos de la ciudad. Un recorrido por las zonas de tolerancia resguardadas en apariencia por una policía acaso más atenta a la buena marcha de los negocios de las mafias. El paseo termina en un sótano con olor a cerveza vieja y gato muerto, donde una persona anota en un pizarrón la jugada de los apostadores. El invitado tarda unos minutos en comprender la atracción de la noche…
«La ruleta posee, en principio, la simplicidad geométrica y la fuerza de una telaraña: un Ruletista, un patrón y unos accionistas son los personajes del drama. Los papeles secundarios se los reparten el dueño de la cava, el policía que está de ronda por los alrededores, los mozos contratados para deshacerse de los cadáveres. Las sumas relativamente insignificantes que la ruleta les aportaba, eran, para ellos, verdaderas fortunas. El Ruletista es, por supuesto, la estrella de la ruleta y la razón de su existencia. Por regla general, los Ruletistas eran reclutados de entre las hordas de infelices necesitados de pan como perros vagabundos, de borrachos o de presidiarios recién liberados. Cualquiera, con tal de estar vivo y de poner su corazón a prueba a cambio de mucho, muchísimo dinero (pero, ¿qué quiere decir dinero en estas circunstancias?), podía llegar a ser Ruletista. Era asimismo deseable que no tuviera, a ser posible, ningún tipo de vínculo social: familia, trabajo, amigos. El Ruletista tiene cinco posibilidades entre seis de escapar con vida. Recibe habitualmente el diez por ciento de la ganancia del patrón. Este debe disponer de unos fondos sustanciosos porque, en caso de que el Ruletista muera, tiene que pagar las apuestas de todos los accionistas que han apostado en su contra. Los accionistas, por su parte, tienen una posibilidad entre seis de ganar pero, si el Ruletista muere, pueden reclamar su apuesta multiplicada por diez, o incluso por veinte, según el acuerdo establecido previamente con el patrón. Sin embargo, el Ruletista sólo tenía cinco posibilidades entre seis de salvarse en la primera partida. Según el cálculo de las probabilidades, si volvía llevarse la pistola a la sien, sus posibilidades disminuían. En el sexto intento, esas posibilidades se reducían a cero. De hecho, hasta que mi amigo entró en el mundo de la ruleta, en el que llegaría a convertirse en el Ruletista con mayúscula, no se conocían casos de supervivencia ni siquiera tras cuatro intentos. La mayoría de los Ruletistas lo era, por supuesto, de forma ocasional, y no volvería a repetir esa terrible experiencia por nada del mundo. Sólo unos pocos se sentían atraídos por la perspectiva de ganar mucho dinero; aspiraban a contratar ellos mismos a otro Ruletista y convertirse así, a su vez, en patrones, algo que podía suceder ya con la segunda partida», nos explica un narrador embargado por el asombro.
La atracción por lo prohibido hermana a los asistentes al garito, quienes con ruidosas conversaciones intentan distraer el miedo producido por la inminente presencia de la fatalidad. Al rato, una puerta se abre y entra al salón un sujeto de figura espectral.
«Un individuo con un aspecto muy parecido al que presentaba mi amigo de la infancia en su época de máxima decadencia. Tenía los bolsillos de la chaqueta rotos y se sujetaba los pantalones con una cuerda de embalar. De su cara, que asomaba arrugada entre unos cabellos desgreñados, sólo se podía decir que era la cara de un borracho. Lo empujaba un patrón —ese es el nombre con que se conoce a los que contratan a los Ruletistas— con aspecto de camarero, que llevaba bajo el brazo una caja grasienta de madera. El borrachín se subió a un cajón de madera en el que yo no había reparado hasta entonces y allí permaneció, encorvado, con el aire caricaturesco de un campeón olímpico. Los accionistas lo miraban agitados, comentando entre ellos algún detalle del aspecto del cajón. A uno lo sorprendí santiguándose con discreción. Otro se roía con saña los pellejos de las uñas. Otro le gritaba algo al patrón. Pero el alboroto se cortó en seco cuando el patrón abrió la cajita. Todos estiraban el cuello, hipnotizados, hacia el pequeño objeto negro que brillaba como incrustado de diamantes. Era un revólver de seis balas, bien lubricado. El patrón se lo mostró al público con gestos lentos, casi rituales, como muestra un ilusionista las manos vacías con las que va a realizar milagros. Pasó después la palma por el tambor del revólver para hacerlo girar; se oyó un sonido delicado, punzante como la risa de un gnomo. Depositó el revólver en el suelo y del interior de una cajita de cartón sacó un cartucho, con su camisa de cobre reluciente, y se lo tendió al accionista que tenía más cerca. Este lo examinó por todas partes atento y concentrado; asintió levemente con la cabeza, como contrariado por no haber encontrado ninguna irregularidad, y se lo pasó al siguiente. El cartucho dio la vuelta a la habitación y dejó restos de aceite en todos los dedos. Yo también lo toqué por un instante. Me esperaba, no sé por qué, que fuera frío como el hielo, o bien que quemara, pero estaba tibio. El cartucho volvió al patrón, quien, con gestos ostentosos, explícitos, lo introdujo en uno de los seis orificios del tambor. Pasó de nuevo la palma por la pieza móvil de metal que giró durante unos cuantos segundos con el mismo sonido agudo, chirriante. Finalmente, con una extraña reverencia, le tendió el arma reluciente al hombre del cajón. En medio de un silencio que te pulverizaba los huesos y en el que, lo recuerdo incluso ahora, lo único que se oía era el pulular de las cucarachas gigantes y el leve sonido de las antenas al rozarse entre sí, el hombre se llevó el revólver  a la sien. Me dolían los ojos por culpa de la terrible concentración y de la luz mortecina. De pronto, la silueta del mendigo con el revólver en la sien se descompuso en unas cuantas manchas fosforescentes amarillentas y verdosas. La pintura de la pared blanca que estaba a sus espaldas adquirió un relieve enorme: era capaz de distinguir cada hendidura y cada grano de cal, engrosados como la piel de un viejo, y las marcas azuladas que dejaban en la pared. De repente, en el sótano empezó a oler a almizcle y a sudor. El hombre del cajón, con los ojos apretados y una mueca como si notara un sabor horrible en la boca, apretó violentamente el gatillo. Sonrió después con un gesto cándido y aturdido. El breve clic del gatillo fue lo único que se dejó oír. Bajó del cajón y se sentó encima, abrumado», de este modo nos es descrito el primer triunfo del antihéroe.
Ocho veces se llevó el revólver a la sien y ocho veces derrotó a la muerte. El Ruletista se convirtió en leyenda y su éxito irrefrenable terminó por invocar aquel espíritu ludópata que, en su juventud, lo arrojó a prisión. Vino entonces el vértigo de la apuesta en aumento, el excitante «doble o nada». Anunció una ruleta de dos balas; hazaña opacada por la ruleta de tres, cuatro, cinco balas…
En la cima de su gloria, temido por los apostadores («resignados a que estaban apostando contra el Diablo»), perseguido por las mujeres («el deseo femenino de acercarse a la muerte, la fascinación por los hombres que huelen a pólvora de forma casi metafísica»), el Ruletista llenó el tambor con seis cartuchos y se adentró en el negro abismo que se abre entre el hecho de tener una posibilidad o ninguna….
He contado todo y no he contado nada. He aquí la grandeza de Cartarescu.

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viernes, noviembre 07, 2014

Nuncupatorio

Escribo estas líneas a los 42 años de edad. Cuando salgan publicadas tendré 43. Será la primera vez que envejeceré por escrito. Lo inédito de tal circunstancia despierta en mí un dejo de alegre tristeza —o quizás de triste alegría—, no tanto por la imposibilidad de retener para siempre los días transcurridos, sino por identificar en algunos de ellos el surgimiento de las pasiones que hoy alegran mi vida.
Caracas, 1.989. El apuesto joven (narrador que no fabula no es narrador) Rafael Jiménez Moreno, de sobrenombre «Vampiro» (o sea yo), cursa, más que estudia, el quinto año de bachillerato en el liceo Andrés Bello, un liceo privado… privado de pupitres, privado de pizarrones, privado de profesores…
En respuesta a la incuria de la educación pública, el joven se refugia en las canchas de futbolito, donde, partida tras partida, juega a imitar la acabada técnica del holandés Marco Van Basten.
El padre, un hombre humilde, preocupado por el hijo y lo incierto de su futuro, le informa acerca de la inminencia de las pruebas de acceso a la universidad. Le comenta que uno de sus clientes —el padre tiene una papelería con servicio de fotocopiado cerca de la UCV— le había explicado la estructura de los exámenes de ingreso: mitad razonamiento numérico y mitad habilidad verbal.
En un acto de amor, el padre le vaticina al hijo la imposibilidad de superar las pruebas de cálculo, porque en  ninguno de los años de bachillerato vio un lapso completo de Matemáticas. Y entonces le revela su plan: «Hijo, tu única esperanza es la parte verbal. Voy a dejar de comprar la prensa deportiva. En adelante buscaré los periódicos que leen los doctores. Quiero que leas los artículos de opinión de los domingos, porque el profesor me pasó el dato de que allí escriben las personas más cultas. Palabra que no sepas tienes que subrayarla y luego aprendértela. Si haces eso, entrarás en la universidad». El hijo no le para.
Dos semanas después, al regresar a la casa, luego de otra dura jornada de futbolito, el hijo mira al padre botar con rabia una hoja en la papelera de la cocina. El hombre, con rostro desencajado, le confía luego a su esposa lo inútil de esforzarse en aprender cuando el cerebro y la memoria no han sido entrenados mediante años de estudio.
En la noche, con el cuarto de los padres ya cerrado, el hijo vuelve a la cocina para conocer aquello que con tanta furia fue lanzado a los desperdicios. Observa el papel doblado. Lo toma. Lo abre. Encuentra una lista de voces con significados transcritos del diccionario. La primera de ellas, la palabra nuncupatorio: «Se dice de las cartas o escritos con que se dedica una obra, o en que se nombra e instituye a alguien por heredero o se le confiere un empleo». Siente remordimiento.
Desde ese momento, el hijo tiene el hábito de subrayar palabras y aprenderse significados. A las columnas dominicales de opinión ha sumado, con el tiempo, la lectura de novelas y ensayos. Lleva ya nueve cuadernos de vocabulario y le agradece al padre ese otro amor que, acaso sin proponérselo, logró sembrarle.

Te quiere mucho. Tu hijo, el que ayer cumplió 43 años.

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miércoles, setiembre 17, 2014

El arte de no decir la verdad

Quizás por el recargado sentimentalismo de los demagogos y lo desmañado de sus procederes políticos, la mayoría de los ciudadanos se muestra refractaria a concederle al fingimiento un carácter artístico.
Tal es la mala fama que signa al fingimiento que antiguas virtudes sociales, como la cortesía, la prudencia y la moderación, son hoy satanizadas por el pueblo llano, por observar en ellas manifestaciones contrarias a la espontaneidad y la franqueza.
Sin embargo, la impostura cumple una importante función en la vida de una colectividad, porque refrena la belicosidad contenida muchas veces en las primeras impresiones, diferencia al hombre de la bestia y aleja la posibilidad del enfrentamiento permanente entre personas o grupos con ideas y costumbres diferentes. En este sentido, la prédica insistente de la tolerancia no es más que un velado homenaje de las sociedades al fingimiento, porque para todos es sabido que lo ideal sería pronunciarse siempre a favor del respeto. Pero, como reza el tópico, algo es mejor que nada.
En este contexto dominado por la cultura de lo «políticamente correcto» conviene detenerse en la pertinencia del razonamiento del periodista polaco Adam Soboczynski en El arte de no decir la verdad (Anagrama, 2011): «El arte del fingimiento se parece a la lectura cuando nos dejamos absorber por ella, o al amor cuando creemos ver el mundo a través de los ojos del otro (…) el que finge se comporta como Proteo, el dios de los mares, que puede transformarse en un león, una serpiente, un leopardo, un cerdo, en agua o en árbol. El que finge es capaz de infiltrarse en temperamentos ajenos, en los deseos de su enemigo, en otro sexo o en la trayectoria vital de sus competidores. Y, cuando es necesario, es capaz de apropiarse de estos papeles como el actor al que, en pleno arrebato creativo, ya no reconocemos como la persona que es fuera del escenario».
Compuesto como una colección de 33 historias personales aparentemente inconexas, con capítulos singularizados en la mejor tradición de los textos de autoayuda («Mostrar interés»«Simular un acuerdo»«Aprovechar el momento oportuno», entre otros títulos) y un estilo de redacción a ratos comparable con el desarrollado en los casos de estudio de la Universidad de Harvard, El arte de no decir la verdad es un libro desconcertante para los amantes de los géneros literarios puros.
Es una novela atípica, en particular por el modo de presentar a los personajes, cuyas circunstancias individuales deben reconstruirse a partir de relatos fragmentarios. La ruptura cronológica se disfraza, en esta ocasión, de antología de relatos moralizantes. Por ejemplo, hay que leer casi treinta historias para enterarse de que el sexagenario Heinrich Walter, agente inmobiliario, protagonista del segundo capítulo («Controlar los arrebatos»), es padre de Anja, la chica que encontramos en la recreación de una malograda entrevista de trabajo («Nunca parecer perfectos»), pero también en una escena de celos en medio de un reencuentro de amigos («Abandonar la fiesta en el momento justo») y como confidente de una diseñadora gráfica de escasa suerte con los hombres («No hacerse nunca pesado»). No es el único caso: hay que leer cuatro historias para saber que Kirsten, la compañera de residencia del arquitecto Stephan Karst («Hacerse el ofendido de vez en cuando») y fugaz amante de un joven llamado Christian («Mostrar indignación moral»), es la novia formal de Sacha, el abogado defensor de la madre de Stephan Karst en un pleito laboral por jubilación forzada (capítulo 23: «Poner furiosos a los demás»).
Soboczynski confecciona un amplio catálogo de hombres y mujeres hijos de la «posmodernidad», etapa supuesta de la raza humana donde ilusiones tan mundanas como el orden, la certeza o la seguridad son por siempre postergadas. «Somos la última generación que todavía podrá vivir por un breve espacio de tiempo del milagro económico de sus abuelos», se nos advierte en el capítulo tercero.
El estigma social de la soledad, la angustia por saciar deseos contradictorios, el miedo a la depresión y otros derrumbamientos del alma, la impotencia frente al envejecimiento y la presión psicológica por mantener el paso de los demás —los supuestamente triunfadores— constituyen el leitmotiv de las vidas narradas por el novelista polaco. El resultado es un conjunto de duros retratos de la clase media alemana: un hombre que en las postrimerías de una fiesta debe capear con galanura el acoso sexual de una borrachita poco agraciada; un joven que escucha con estoicismo las cuitas sentimentales de su compañera de cuarto para finalmente  manipularla y tener sexo con ella; un político que se ve obligado a ofrecer disculpas a su principal contendor electoral por unas declaraciones citadas fuera de contexto; un iluso enamorado que para ganarse el corazón de una mujer infiel le confiesa las aventuras sexuales del novio; un cesanteado que abandona el puesto de trabajo en medio de gritos y empellones; una madre que inocula sentimientos de culpa en su hijo; un empleado que se busca la ruina por responder de un modo impulsivo un correo electrónico; un académico entrado en años y una joven investigadora que son sorprendidos en plena cópula; un periodista del corazón que por su enfermiza suspicacia es engañado con la verdad; una mujer que se queja de la fama súbita de un novio que abandonó por fracasado; una femme fatale que engatusa al camarero de un café para fumar en su local y ganar una apuesta…
«La movilidad es frenética, la competencia feroz, pero el fingimiento resplandece por doquier: el mundo nunca ha sido tan amable; raras veces ha venido envuelto en tan dulces palabras. El colérico pertenece al pasado; el futuro es de los seductores. En tiempos de convulsión social hace su aparición el artista del fingimiento (…) Nadie se rebela. No se amotina el empleado, tampoco el profesional liberal ni el autónomo económicamente dependiente. Sólo las clases más desfavorecidas se arrastran de vez en cuando por las calles de la capital, en grupos dispersos y desolados, armados con pancartas deshilachadas, silbatos y aliento a alcohol. ¿Rebelarse? Eso pertenece al pasado. ¿Rebelarse contra quién? ¿Contra el jefe que atiza con el látigo a los empleados? ¿Deberíamos entrelazar los brazos y derribarlo? Impensable: ya no existe el jefe contra quien dirigir la ira; ahora es la persona más amable del mundo. Además, no existe ningún Nosotros. Existe el Yo, el Yo acorazado que lucha hábilmente por su carrera. El enemigo ya no se sienta arriba; arriba ya sólo está el cielo. El enemigo se sienta al lado, en la misma planta llena de mesas de oficina. Es lo que se llama jerarquía plana. ¿Cómo hay qué comportarse para imponerse? Siempre con una sonrisa. El hombre versátil de nuestro tiempo no hace jamás lo que finge hacer. Se comporta como el camaleón: adopta el color de la piedra sobre la que reposa. El hombre de hoy en día, se dice, es rápido de reflejos, no tiene ataduras con el lugar donde se encuentra y tiene capacidad de adaptación. Conceptos muy acertados, sin duda. Se trata de conceptos propios de la vida aristocrática, de cuando el cortesano era enemigo de todos los demás cortesanos, labraba su carrera con ahínco o rivalizaba por una conquista amorosa. En la corte ya no era el caballero de antaño, que luchaba con lanza y espada; ahora, sus armas eran las palabras atinadas y los gestos maliciosos. Igualmente, ya nadie profiere eslóganes en el matadero de la calle, sino que se camufla en su vida diaria detrás de la amabilidad», filosofa el cínico narrador de Soboczynski.
El lector familiarizado con las máximas moralistas de Gracián («Tan importante es una lúcida retirada como un ataque esforzado»), de La Rochefoucauld («La modestia es una virtud que apreciamos sobre todo en los otros») o de Baltasar de Castiglione («El verdadero arte es el que no parece serlo, y no se ha de poner estudio en otra cosa que en ocultarlo»), se dará banquete con las sentencias formuladas por Adam Soboczynski. A continuación una pequeña muestra:

v  El que quiere adular al narrador, lo escucha atentamente
v  Al emprender cualquier proyecto, resulta útil ser subestimado
v  Todo lo que uno le resulte enojoso debe hacerse en secreto
v  El peor peligro en una entrevista de trabajo no es dejar una mala impresión, sino todo lo contrario: dejar una impresión demasiado buena
v Pocas cosas complacen más a los jefes que las pequeñas inseguridades de los subordinados
v  Un jefe nunca debe ser puntual en una negociación de sueldo
v  Inteligente es aquel que es capaz de ocultar a tiempo su inteligencia
v  Ninguna estrategia se ha de llevar al extremo, ningún arte se debe convertir en un conjunto de trucos evidentes
v Ofenderse, ya sea por una frase o por un hecho, sirve de bien poco. Hacerse el ofendido, en cambio, puede resultar muy útil. Pues pocas cosas atan más a los demás a nosotros que su mala conciencia
v Hay que vivir siempre de tal modo que se pueda reclamar a los demás una factura atrasada: estar rodeado de deudores significa tener poder
v  El arte de dosificarse es el arte de pensar en el objetivo final
v  No se puede ganar siempre. Lo ideal es sufrir derrotas muy de vez en cuando
v  Aquel que pretenda indignarse moralmente que tome nota: siempre debe investigar antes de expresar opiniones éticas para determinar si su arma tendrá efecto en el destinatario
v Muchas parejas fracasan porque uno de sus integrantes experimenta un cambio drástico en su vida, ya sea por propia iniciativa o por casualidad, ya sea a mejor o a peor
v  Una regla básica del comportamiento humano:  uno sólo consigue despertar confianza en los demás si les da a entender que comparte sus intimidades
v  Las ganas de confiarse sin tapujos a los demás son terriblemente perjudiciales
v  Las declaraciones de amor prematuras ponen en fuga a la persona deseada
v  Los simpáticos son apreciados por su facilidad de conversación y su contagioso buen humor. Su punto débil: con frecuencia son más amados que deseados con pasión erótica. Su punto fuerte: a menudo son subestimados.
v  Los misteriosos tienen mucho poder. Crean relaciones de dependencia destructoras. Su punto débil: con frecuencia son más deseados con pasión erótica que amados. Su punto fuerte: a menudo son sobreestimados
v  La ausencia es aquello que hace posible que uno desprenda cierta aureola. Lo que despierta nuestro interés es la dificultad de ver al otro. La dificultad de verlo, su desaparición bien calculada, son los fundamentos de la fama del poderoso
v  El que confiesa titubeante su atracción a una mujer, por ejemplo con las palabras: «Esto… sabes… tú me gustas mucho», y recibe como respuesta: «Y tú a mí, pero por favor no me malinterpretes, sólo como amigo», no debe reaccionar jamás enfadado ni con extrema frialdad, sino siempre con serenidad. En el rostro del rechazado únicamente debe adivinarse un ligero atisbo de tristeza melancólica, un orgullo que conmueva íntimamente a la amada. ¡Cuán a menudo, tras una primera negativa, se invierte la situación!  La desagradable tensión que presidía el ambiente, y que tenía su origen en la incertidumbre sobre la naturaleza de la relación, parece haberse esfumado: el seamos amigos, pues, se ha impuesto. Y, para brindar por la amistad, se pide una copa de vino. Y otra. Hay risas. Y de pronto los cuerpos se encuentran. Aquel que, lleno de indignación, abandona antes de tiempo la mesa de juego del amor es un mal perdedor que tenía en su mano la victoria
v  ¿Qué es la vida? Un campo minado. ¿Y el fingimiento? La condición necesaria para nuestra ascensión. ¿Y qué es el amor? El más bello de los engaños.

En mi opinión, uno de los mejores capítulos de El arte de no decir la verdad es el número diecisiete («Utilizar el humor»). Aquí Soboczynski describe una reunión de agentes inmobiliarios de la empresa de bienes raíces Wanders GmbH & Co.KG. Es la historia de una discusión acalorada que queda zanjada por la respuesta jocosa de una astuta ejecutiva. El incidente le sirve al autor de pretexto para ensayar algunas teorías acerca del humor: la habilidad más difícil de cultivar para los artistas del fingimiento. Afirma, entonces, que la persona con sentido del humor destaca por la rapidez de sus pensamientos, sus reflejos intelectuales y su espontaneidad.
«El humor tiene un doble efecto: hace que uno parezca simpático ante los espectadores, y así disfraza el hecho de que, a menudo, se utiliza no para el disfrute general de los presentes sino para herir a un contrincante (…) El humor bien administrado gusta tanto que hace que se disculpen rasgos que normalmente resultan odiosos», se indica en el capítulo.
Soboczynski, finalmente, le revela al lector que la decisión tomada bajo el influjo del humor resultó catastrófica para la empresa inmobiliaria y le reportó cuantiosas pérdidas. Acto seguido, esta información sirve de contexto para una aguda reflexión: «Este desafortunado desarrollo de los hechos, sin embargo, no desmerece en nada el poder del humor. Simplemente subraya su peculiaridad: el humor tiene tendencia a prescindir del sentido común. Es injusto, creador de mayorías, antidemocrático y quintaesencia del poder del carisma».

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